11 – MARÍA EUGENIA SALAVS HERNADEZ

Noviembre y el Pan de los Muertos

El mes de noviembre es, para los mexicanos, un mes en el que sería imposible inaugurarlo sin la festiva presencia de la muerte. Imagino el asombro de quién, al desconocer rituales e idiosincrasia del pueblo mexicano, lea la expresión anterior.

La muerte en términos regulares, tiene rituales que varían en cada pueblo, pero que de manera marcada parecen resaltar el dolor que nos causa la pérdida de nuestros seres queridos; así como lo sombrío y aterrador de ese más allá que tememos, y que nos aguarda inexorablemente. Y aunque, por supuesto, inicialmente a los mexicanos nos derrumba la pena por la separación; el tiempo, como siempre buen amigo, termina por cobijarnos con el cálido manto de la resignación.

En ese momento, en nuestro pueblo emergen las tradiciones, los atavismos inalterables que no podemos o queremos romper. Al llegar noviembre surgen los altares de muertos; donde se colocará la imagen del difunto o difunta que queremos homenajear, distribuyendo armoniosamente en la superficie sus comidas, bebidas, dulces y bizcochos preferidos. El altar deseablemente deberá estar enmarcado con papel de china picado en vistosos colores, todo ello sin que falten una gran profusión de flores y pétalos de cempaxúchitl. Esta flor, cultivada en el país desde la época precolombina, es de color amarillo muy intenso, casi azafranado, con abundantes pétalos que, por su forma circular, a los antiguos indígenas les recordaba el sol, lo que significaba que iluminaría el camino de los que regresarían por esa noche, a disfrutar y degustar de nueva cuenta, de lo que en ésta vida les había hecho felices. Por ello es indispensable, además, colocar una jarra o un vaso de agua por lo menos, pues seguramente después de tan largo trecho, llegarán sedientos.

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Existen regiones en las que además de los altares se fabrican papalotes -barriletes para algunos- los cuales, al elevarse mediante la cola que pende de ellos, se supone que elevan del inframundo las almas ahí yacentes, permitiéndoles subir a la superficie, aun cuando sea por un breve tiempo para volver a convivir entre nosotros.

Se fabrican además en diversos tamaños, unas réplicas multicolores de bóvedas craneanas conocidas como calaveras; golosinas que en muchos casos se les colocan en la frente, nombres comunes de personas, de tal suerte que cada quién pueda localizar, adquirir y devorar la suya, pues al ser de azúcar, o de semillas de amaranto y miel o de chocolate, puede resultar una grata experiencia. Así como un delicioso pan de yema de huevo, que tienen la particularidad de tener un  decorado en la superficie, que simula ser huesos entrelazados, éste acompaña una aromática taza de chocolate, que ambientará de grata manera las reuniones familiares. O entibiarán la noche en el cementerio de Pátzcuaro, Michoacán, ciudad donde, en el campo santo local, durante toda la noche se vela y se acompaña o espera a los difuntos, en medio de cientos de cirios encendidos, oraciones, comidas y música. ¿Por qué no?…si el muerto era muy alegre, ¡pues a llevarle la música! que en su retorno encuentre la alegría con que siempre alimentó su ánimo y sus pasiones.

Por su parte los medios, radio, prensa y televisión, difunden “las calaveras”  de personajes famosos o de moda, queridos o detestados: políticos, estrellas de cine, financieros, locutores, deportistas, etc. Nadie se escapa del ingenio popular, como es el caso de la muerte, que siempre agarra parejo…El señor X y Z, otro tiempo poderoso, se quiso comprar la vida y casi lo consiguió, pero la huesuda un día, sonriente se presentó y le dio la bienvenida alzándolo de los pelos, al tiempo que le decía, suelta el dinero zopenco que allá de donde yo vengo, con llegar en cueros basta…ejemplo de lo que podría ser una calavera dedicada a los que rinden culto al dinero.

En fin que, por extraño que sea para quién no es mexicano, a fuerza de catrinas divertidas, engalanadas, danzantes; altares llenos de vida, celebraciones gozosas, pasado ese trago amargo, entre dulces y mordidas, esa muerte tan temida, casi suena divertida. Pues como muy significativamente Octavio Paz sentenció…La muerte no nos asusta, porque la vida, nos ha curado de espantos…

 

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