Ayer y hoy. Prostitución

Ayer y hoy. Prostitución

El comienzo del comercio sexual casi se pierde en la noche de los tiempos. Es dable conjeturar que el varón patriarcal, incapaz de resolver sus propios miedos y angustias ante el cuerpo femenino y sus funciones y capacidades –menstruación y maternidad entre otras- optó por expropiar ese territorio inquietante, Y, de inmediato, le puso precio. Un precio que, inicialmente, quedaba en el ámbito del culto.

Próximos todavía los ritos agrarios, en la antigua Mesopotamia se practicaban en los templos una suerte de hierogamia, esto es, pretendía ser un reflejo de la unión de todas las formas creadas. Glifos y relieves del período dinástico atestiguan la realización de actos eminentemente simples. El Código de Hammurabi, del siglo XVIII a.C, le dedicó unos apartados a los derechos de estas mujeres del Templo.

En el siglo V a.C, Herodoto dejó constancia de la existencia en Babilonia de la obligación que tenían todas las mujeres de mantener relaciones sexuales con un desconocido, al menos una vez en su vida. Para ello debía ser elegida por un extranjero y llevada al santuario de Militta donde practicaba sexo como muestra de hospitalidad, a cambio de un pago simbólico. El mismo Herodoto, Tucídides, Luciano, Estrabón y otros historiadores dan cuenta de costumbres similares en templos no sólo de la Mesopotamia sino de toda Europa.

El comercio sexual hubo de traspasar con cierta premura el umbral de los templos. Las esclavas sagradas o hieródulas fueron perdiendo relevancia frente al avance de las mujeres y varones dedicados a esos menesteres. De más en más, el cuerpo se iba convirtiendo en objeto de intercambio, de cosa a adquirir: se ponía precio a sus formas y se cotizaban sus funciones.

 

Grecia

Corinto, Alejandría, Esparta: las antiguas ciudades griegas se colmaron de jóvenes volcados a un negocio que se iba haciendo de más en más lucrativo. Ejercido por varones púberes y mujeres de todas las edades, la clientela era mayoritariamente masculina. En paralelo, en tanto se respetaba el cuerpo masculino, se requería que el femenino dejara de lado sus especificidades para plegarse a los requerimientos de aquel que pagara lo pactado.

Atenas no era una excepción: el comercio sexual se había convertido allí en “una profesión de gran éxito, con diversas categorías o epecialidades”[1], todas ellas sujetas, además, a pagar impuesto por su oficio, “La categoría inferior estaba formada por las pornai que vivían, principalmente en el Pireo, en vulgares burdeles que ostentaban en su exterior, para distinguirse, el símbolo fálico de Príapo. La admisión a estos lugares costaba un óbolo y en ellos las muchachas se exhibían tan ligeras de ropa que se las llamaba gymnai (las desnudas), permitiéndose a los clientes examinarlas a su gusto, como canes en la perrera” Aunque algunas vagaban libremente por las calles de la ciudad, la mayoría de las pornai eran propiedad de un  pornoboskós o proxeneta, el «pastor».

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El rango inmediatamente superior lo ocupaban las auletridas o tañedoras de flauta. A estas cortesanas, que sabían música y bailes tanto como los conocimientos para mantener dialogo interesante con sus clientes, se la veía en fiestas de hombres solos y otro lugares públicos. Entrenadas por viejas cortesanas, se pasaban de generación en generación lo secretos del vestido, el maquillaje y el arte amatorio.

La clase superior la constituían las heteras o hetairas, las “compañeras”, “A diferencia de las pornai, en su mayoría orientales, las heteras eran, de ordinario, mujeres de la clse de los ciudadanos que habían decaído de su respetabilidad o que se negaban a aceptar la obligada reclusión de las jóvenes matronas. Vivían con independencia y entretenían en su propia morada a los amantes que lograban atraer.” Asimismo, cultivaban diversas artes y tenían un buen nivel de instrucción, lo cual contribuyó a que muchas de ellas adquirieran cierto renombre, incluso en literatura ya que perdura una colección de epigramas compuestos por heteras. Si bien no tenían derechos civiles y no podían concurrir a los templos, excepto a los de su propia diosa, Afrodita Pandemos, gozaban en general de gran prestigio en la sociedad masculina y su opinión era escuchada con respeto, Tampoco faltaron casos como el de Clepsidra, que regulaba con un reloj las entrevistas con sus amantes. O el de Targelia, que oficiaba de espía de los persas, por lo cual buscaba relacionarse con los varones públicos O el de Apasia de Mileto, la amante de Pericles, que deslumbró por su ingenio al mismo Sócrates. Lo cierto es que nombres como Friné, Lais, Danae, han pasado a la historia sobre todo en mérito a su brillantez intelectual.

Roma

Prostitución, el vocablo que identifica toda clase de comercio sexual, viene del latín prosto, sobresalir, estar sobresaliente y, sin duda, describe con bastante exactitud la actitud de la mujer que ofrece sus servicios sexuales a cambio de un pago.

“En la Roma primitiva no eran numerosas las prostitutas. Se les prohibía llevar el vestido de las matronas, signo de la mujer decente, y estaban confinadas en los rincones más oscuros de Roma y de la sociedad romana. No había aún cortesanas cultivadas, como las heteras de Atenas, ni mundanas exquisitas como las que posaron para loa versos de Ovidio.” Como las griegas, las prostitutas romanas estaban autorizadas a resaltar su belleza con toda clase de afeites y a lucir joyas de oro, lo cual estaba prohibido a las casadas por considerare un signo de impudor y lascivia. A lo largo de los tiempos, la hitoria de lo afeites irá estrechamente unida a la idea de prostitución.

Luego de las Guerras Púnicas, la sociedad romana atravesó una profunda transformación. Había más riquezas, menos rigidez moral, má apertura hacia otra culturas. En este contexto, abundó la importación de prostitutas de Grecia y Siria.

Las leyes no castigaban a las “personas que abiertamente obtienen dinero con su cuerpo”, según la definición del Derecho Romano. Sin embargo, no podían recibir herencias ni testar ni casarse con ciudadanos libres. Además. sobre ellas pesaba el edicto pretorio referido a la infamia, esto es, la degradación que consiste en la pérdida de reputación o descrédito.

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Fresco de Herculano

En épocas del Imperio, los ediles debían llevar un registro de prostitutas, lo cual abría la posibilidad de un castigo para aquellas que no estuvieran registradas. Más adelante, Calígula instituyó un impuesto al comercio sexual, equivalente al precio de una relación –no se aclara si se debía pagar por día, mes o año-: lo que sí queda claro que ese impuesto lo recaudaban los soldados, El sistema acabó por generar violencia contra las meretrices y una corrupción generalizada.

En su diatriba a favor de la virtud y contra el placer físico, Séneca enumera algunos de los sitios en que puede hallarse: “El placer (está) casi siempre escondiéndose y buscando la oscuridad alrededor de los baños, las salas de vapor y los lugares que temen al edil.”2 La enumeración de lugares de Séneca es más que insuficiente. La periferia de las ciudades estaba repleta de lugares donde se ejercía la prostitución, desde las viviendas privadas hasta los lupanares.

El lupanar, suma del negocio profesional, debe su origen a las Lupercales, fiestas en honor del dios Lupercio durante las cuales las mujeres -las lupae, la lobas- se entregaban al comercio sexual. En la urbs, como en otras partes, “las autoridades romanas, velando por la juventud deportista, habían establecido que los prostíbulos debían permanecer cerrados hasta la hora novena, en tanto las tabernas ofrecían sus lascivas atracciones a cualquier parroquiano, desde la mañana hasta la noche.”3

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Un fresco de Pompeya

 Baños públicos -como el de Pompeya-, casas de citas especiales, pequeños departamentos de un ambiente llamados cellae, cuartos en viviendas particulares: sólo la imaginación era el límite para elegir un lugar donde ejercer la prostitución. “Los burdeles, y las tabernas que a menudo los albergaban, gozaban de tanto favor que algunos políticos organizaban su campaña electoral por medio del collegium lupanariorum, o gremio de propietarios de lupanares.33

Vestidas con una banda pectoral –strophon– de color rojo o verde, luciendo grande pelucas o con el cabello teñido de rubio, luciendo un abundante maquillaje en su rostro donde se destacaban los ojos agrandados con carboncillo, con pezones recubiertos de purpurina dorada, masticando pastillas de mirto o lentisco contra el mal aliento, las prostitutas se lanzaban a ejercer su oficio.

Un oficio tan ampliamente practicado por todo el espectro social   mereció un vocabulario no menos extenso; términos que echan luz sobre usos, detalles y especialidades de la vida prostibularia. Así, las meretrices -“las que merecen el dinero”-, poseedoras de habilidades artísticas recibían el nombre de cymbalistrae, ambubiae o citharistriae, conforme su especialidad. Las provenientes de buena familia o de gran belleza eran las famosae, entre otros calificativos. Las que no pertenecía ni a uno ni otro de estos grupos eran las baratas, llamadas quadrantariae -que cobran un quadrans- y diobolares -cuya tarifa era de dos óbolos- y las blitidae -por el nombre de una de la bebidas más baratas que se servían en las tabernas. Conforme a su radio de acción se las clasificaba como prosedae, que esperaban clientes sentadas en una silla, la que los buscaban merodeando por las calles, la circulatrix; las putae, que trabajaban junto a cuarteles, escuelas de gladiadores o arsenales, las lupae, las lobas que se situaban de noche en plazas y jardines, las que aguardaban en la puerta de los cementerios o junto a los monumentos y algunas otras que pertenecían a los escalones más bajos de la pirámide. Por lo general eran esclavas o libertas, muchas de ellas abandonadas de niñas y recogidas por alguien con vistas s su empleo prostibulario en el futuro

En sentido contrario estaban las delicatae, damas refinadas y elegantes que se ocultaban tras nombres exóticos y que desplegaban una amplia gama de conocimientos y habilidades artísticas. Estaban disponibles por noche, día o temporada y, en la mayoría de lo casos, trabajaban por su cuenta. Esto las diferenciaba de las demás que eran malamente explotadas por los proxenetas o lenos, a quienes Plauto describe así: “La casta de los lenos no vale más que las mocas, mosquitos, piojos y pulgas, son odiosos malhechores, dañinos e inútiles.”

El modelo romano persistió a lo largo de los tiempos y las culturas. Perseguida o tolerada, la prostitución sobrevivió a feudalismos, monarquías, dictaduras, repúblicas, hasta llegar triunfante a nuestros días. Y, como en tiempos remotos, la indigencia o la riqueza marcan los distintos niveles de prostitución.

La pauta prostituyente es tan poderosa que mujeres de todas las edades -y ahora también varones, sobre todo jóvenes- no sólo no sienten el menor rechazo a vender su cuerpo por dinero -o lo que fuere- sino que estiman que es un paso necesario para un ascenso de cualquier tipo en la escala social.

Sin embargo, la naturalización del comercio sexual tiene una faz tenebrosa: niñas, niños, adolescentes y jóvenes son atrapados en las mallas de hierro de la prostitución organizada que devora vidas y esperanzas. Convertida en uno de los tres o cuatro grandes negocios mundiales, la trata de personas elude controles y compra conciencias. El dinero, eje de la globalización, poderoso como nunca, acalla voces, objeciones morales y conciencias para modelar una cultura inescrupulosa, hedonista, explotadora, sin horizontes espirituales.

[1] WILL DURANT. La vida de Grecia. Bueno ire”s, 1952. Esta cita y ls siguientes, salvo afirmación en contrario, pertenecen a la misma obra.
2 LUCIO ANNEO SÉNECA. De vita beata. Italia, 1943
3 JÉRÒME CARCOPINO. La vida cotidiana en Roma. Buenos aires, 1942
3 WILL DURANT, op. cit

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La noche del vampiro

Un prisma de múltiples caras: tal es el retrato del vampiro.
No hay cultura que no haya conocido la figura del vampiro. Una y otra vez aparece en distintos tiempos con diversa fortuna. Sin embargo, será el escenario gótico el que le de su dimensión más importante.
En esa época habían quedado atrás los pactos religiosos con los muertos, pactos que los mantenían en su lugar de sombras. Pero los que han partido no se resignan y vuelven a invadir el mundo cotidiano.
De tal modo, el tema de los aparecidos comienza a ser un tópico recurrente en los escritores de entonces. La mayoría coincide en que los muertos sobrepasan largamente a los vivos en conocimientos, sabiduría e incluso capacidad de trabajo- Asimismo, están de acuerdo en atribuirles los crujidos nocturnos, las puertas que se abren o cierran sin motivo aparente, el cambio de lugar de los objeto y otros eventos similares los objetos.

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El antecedente inmediato de la epidemia occidental de vampiros son los Schmätzen Tode o cadáveres gruñones que se comían su propia mortaja. Y, pero aún, se los encontraba con los ojos abiertos y las carnes frescas cuando se abría su tumba.

Lo mismo sostenía la iglesia medieval respecto a los santos, esto es, que no se corrompían en su sepulcro. En este caso la razón de estar libres de esa lozanía era porque tenían impreso en su alma el sello de la bienaventuranza.

Los vampiros no se corrompían, pero exhalaban un olor nauseabundo, lo cual demostraba su calidad de ángeles caídos. Esta es una de las facetas del retrato vampírico: su parentesco con Lucifer, cuyas alas aparecerán bajo la forma de la capa que tanta veces lo hubo de acompañar en sus representaciones.

Estas figuras crepusculares, al abandonar su morada, andan y hablan, pero ostentan un cuerpo ficticio por cuanto no proyecta sombra ni se refleja en los espejos, Se presentan ante los hombres pero no comen su pan ni beben su agua. Sólo se alimentan de sangre. Y aquí nos encontramos con otra de las grandes facetas del retrato vampírico: la sangre.

Los castillos góticos, fríos e infinitos, con sus lugares oscuros, sus criptas y capillas es el escenario ideal para que emerjan de sus ataúdes los vampiros. Por eso Bram Stoker ubicó allí al conde Drácula, quizá el perfil de vampiro más acabado. Stoker se inspiró en el  cruel voivoda Vlad Tepes, el príncipe rumano que derrotó a los turcos y que no dudó en cambiar su nombre por el de Draculk, “hijo de Dragón”, “el que absorbe la sangre”. La sangre de la batalla o la sangre del amor.

El amor: otro de los rostros del vampiro: el gran seductor, un romántico que busca amar pero no puede evitar sorber con deleite el líquido vital que le permita rejuvenecerse. Así, el fantástico erotismo de estas criaturas está signado por la muerte. Amor y muerte se unen en una fórmula que la literatura y el cine  van a explotar en todas sus dimensiones, incluso la de renunciar al amor permitir que la amante continúe viva.

No menos significativa es la relación vampiro-sangre como metáfora. El siglo XVIII, el momento del auge del vampirismo, es también el momento de la transformación que produjo la Revolución Industrial. El capitalismo privilegiará la posesión del dinero por sobre toda otra cosa. Y el capitalista se transformará en el chupa-sangre, el que chupa el trabajo, el sudor, el esfuerzo, la vida, la sangre de lo demás para enriquecerse.

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Una nueva faceta de la figura del vampiro es haber dado origen a personajes fantásticos como Superman, Batman o el Hombre Araña. Pero, revolee su capa como el conde Drácula o se vista con ropas a la moda o trajes imaginarios, sucumba a los excesos del deseo o despliegue venganzas o reivindicaciones, ansíe la inmortalidad o renuncie a ella por amor, cada una de los ángulos del retrato proyecta nuestras íntimas apetencias., sea volar, permanecer infinitamente o apoderarse de los demás.

El vampiro es múltiple y es uno. Y ese uno está en el interior de cada uno ser humano. Es la Sombra de que hablaba Jung. Porque en la sociedad occidental, tan desacralizada, la criatura mortal queda a solas con su razón, librada a sí misma que oculta como puede la vigencia de un oscuro ser dispuesto a lo que sea para cumplir sus objetivos de fama, riqueza, amor y poder. Por eso los vampiros seguirán gozando de buena salud en tanto el alma humana sea un nido de envidas, resentimientos y malas pasiones. Pero también, como el vampiro, fuente de rebeldía, de imaginación, de sueños y fantasías.

 

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Palabra, juego y poesía

Como los juegos, las lenguas se constituyen en un espacio de relación con reglas aceptadas. Esas reglas suponen la ejecución de ciertas acciones, pero no obligan a su continuación, esto es, son cambiables en tanto los sujetos lo efectivicen, por lo cual las palabras y sus nexos tienen un movimiento propio y van cambiando a lo largo de los días. Asimismo, no tienen un significado intrínseco sino que lo adquieren por reiteración. Compartir diariamente una experiencia a través del lenguaje otorga, precisamente, sentido de realidad a lo que se dice; en consecuencia, no hay una esencia sino que cada uso es, a la vez, una construcción de aquello que se comparte.

Aristóteles afirma que la reproducción imitativa constituye los primeros pasos en la senda del aprendizaje y que su objeto propio es la contemplación o semejanza cuyo principal vehículo es la lengua. De este modo se va operando la lematización, que constituye el dominio de lo visible y manipulable.

La palabra vencedora

“Entonces los arengó Toantes, hijo de Andremón, el mejor con mucho de los etolios, diestro con la jabalina, valeroso en la lucha a pie firme y en la asamblea pocos aqueos lo superan cuando los jóvenes debaten sus pareceres.”1 De este modo Homero deja establecida la importancia de la palabra al contar entre las grandes virtudes de Toantes el manejo del lenguaje.

En las asambleas deliberantes griegas, el uso de la palabra tomaba la forma de un debate entre dos, esto es, una querella o disputa para saber quién había violado el derecho del otro. Se trata de una de las formas más arcaicas de reglamentación judicial donde la decisión colectiva se tomaba en base a quien tenía “la palabra vencedora”; vale decir, era un agon, una competencia. La palabra dejaba así de tener valor sagrado para transformarse en un juego laico donde cuenta el valor mercantilista del triunfador y el vencido.

 

Las lenguas

El lenguaje es el reloj del tiempo que se va nutriendo con los conocimientos, las pautas y condiciones sociales, las distintas formas de actuación, la complejidad de las diversas experiencias, por lo tanto, es móvil y cambiante como la vida misma. Allí se van formando estratos geológicos que denuncian cómo era la existencia de los seres humanos en distintas edades y latitudes. Cada idioma es una lengua de intercambio que se mueve mayormente en la esfera de la lógica y la razón.

Rara vez se perfora esa trama sensible Porque la razón es engañosa: se muestra separando, ocultando, interrumpiendo todo aquello que la podría superar para imponer un saber calculador, que sólo tiene miradas para lo técnico, lo provechoso, lo útil y comercializable.

Los equívocos de lenguaje, los retruécanos, los malabarismos verbales, los koan y mondo zen, que exigen una mente aguda, alcanzan a rasgar un tanto la superficie segura del habla cotidiana. Es como si alzaran uno de los velos que recubren el sentido profundo del habla. Pero se necesita un espectro mucho mayor para alcanzar otra dimensión del lenguaje.

 

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                                 Calíope, la musa de la poesía épica y la elocuencia

 

Un salto cualitativo

Mediante las palabras se arman frases, conceptos, teorías de más en más complejas: se construye así lo que Witgenstein llama “juegos de palabras”. Cada sujeto tiene su propio juego y, en un proceso inter-reflejante, se establece la comunicación con otros en tanto se pueda discernir el juego de palabras ajeno. Todo ello va modelando un laberinto de círculos más o menos auto-suficientes, cuya salida se vuelve casi inhallable, Sin embargo, el conjunto gesta sus propios instrumentos de exploración y fuga.

El comienzo de ese escape podría situarse cuando el pensamiento racional pasa de establecer una comparación: “esto es como aquello”: al afirmar “esto es aquello”: en ese preciso instante se eclipsa como tal, dando lugar, mediante la introducción de la metáfora, al pensar poético.

“El lenguaje poético se distingue del lenguaje corriente -advierte Huizinga- porque se expresa deliberadamente en determinadas imágenes que no todo el mundo entiende. Todo hablar es un epresarse en imágenes. El abismo entre la existencia objetiva y el comprender no puede zanjarse sino con la chispa de lo figurado. El concepto encapsulado en palabras tiene que ser siempre inadecuado a la fluencia de la corriente vital. La palabra figurada cubre las cosas con la expresión y la transparenta con los rayos del concepto.”2

Si bien la palabra poética descansa en el discurso, alcanza su verdadera dimensión cuando atraviesa el límite de lo decible, esto es, cuando traspasa el núcleo de lo fenoménico, de lo convencional, para crear su propio acontecer, libre del sentido y la validez del discurso corriente, liberada de la realidad dialógica. Kant aseguraba que la cosa en sí es incognoscible, La palabra poética desnuda esa base de intangibilidad que sustenta a la palabra de intercambio y luego, dando un salto cualitativo, da existencia a lo que per se no la tiene. En consecuencia, el decir poético se instala en los márgenes, en los bordes o fronteras de los lugares comunes llegando después, mediante una sutil alquimia, al núcleo de lo trascendente, del ser mismo de las cosas.

Llevar a las palabras a una máxima tensión, abandonar el refugio de la dialéctica técnica y enfrentarse al pensamiento científico mostrando sus limitaciones es la empresa ardua, compleja, insomne de recuperar lo ontológico, la esencia. Es jugar el juego de las palabras como poder religante del universo.

 

El poeta y lo sagrado

Poesía es la unión de dos palabras
que uno nunca supuso que pudieran juntarse,
y que forman algo así como un misterio.
Federico García Lorca

Un poeta es un mundo
encerrado en un hombre
Víctor Hugo

La neurociencia informa que la poiesis se origina en la misma área del cerebro que el juego, que se trata de un mundo propio en el cual las cosas no tienen el mismo aspecto o fisonomía que lucen en el mundo de lo cotidiano y que esos nexos difieren profundamente de la lógica y la causalidad. Por ello, en tanto en el conocimiento científico la realidad llega cernida por normas y mandatos que se han ido incorporando, en el conocimiento poético se produce un contacto directo con la realidad. Cada cosa, cada ser, cada acontecimiento se vuelve entonces una epifanía.

Al desapegarse del saber calculador, que interrumpe y separa, el habla se introduce en el territorio de lo sagrado en el cual las lenguas originales tenían la facultad de penetrar fácilmente. Los antiguos, como el niño, el poeta, el vate hubieron de transitar ese derrotero donde se unen el ensueño, la risa, la embriaguez, para descubrir el juego último, lila, el juego de la creación. Comprenden así que el mundo “es una mera creación espontánea de Brahman. Es un lila, un juego de lo Brahman. Se crea de la dicha, por la dicha y para la dicha. Lila indica una actividad lúdica espontánea de lo Brahman, a diferencia del esfuerzo volitivo consciente. El concepto de lila implica libertad y no necesidad.”3 Mantras, oraciones, cánticos se convierten entonces en el modo de unirse a lo creado´

La poesía, en su significado inicial, es crear, componer y también engendrar.. Va de suyo, entonces, que la poesía hubo de formar parte decisiva en los rituales sagrados, tanto en su expresión colectiva como en la individual.

El poeta tiene entonces la ardua tarea de elevarse por sobre la indigencia del pensar racional, científico y doctrinario, del pensar que ignora o se sirve del silencio que rodea a la palabra. El poeta debe sumergirse en la energía oscura, en el misterio, para regresar con la revelación del ser, fundando una nueva verdad histórica. No una verdad sujeta a la lengua de mercado sino que revele la indecibilidad misma, lo que está más allá de los opuestos y del discurso normalizador de la sucesión espacio-temporal.

¿Cómo disponerse a jugar el juego magno de la creación? ¿Cómo hacer para eludir los escollos del nombre cotidiano de las cosas? ¿Cómo dar vida a lo que no es mímesis de ideas y emociones ordinarias? ¿Cómo engendrar las palabras del silencio? ¿Cómo bucear en los hondones del alma a través de los valles de sombra? El poeta, como todos los buscadores espirituales, debe producir en su interior ese vacío que le permitirá abrir las puertas de su percepción.

El temor, la duda, la falta de arrojo lo dejarán inevitablemente del lado conocido, de lo diario y trillado: por el contrario, el replegarse sobre sí mismo, el escuchar sin miedo las voces interiores dan cierto margen de seguridad en ese salto a lo desconocido. Rilke necesitó seis años de total aislamiento en Duino para escribir sus Elegías, Dante se alimentó de odio, desprecio y exilio para llevar cabo esa obra magna que es la Commedia, el ajenjo y otros licores acompañaron a los poetas franceses del siglo XIX en tanto la locura, la desesperación, la pobreza extrema y la soledad fueron devotas compañeras de la mayoría de los grandes poetas. Aquellos que, sea cual fuere el modo empleado, pudieron franquear las puertas de la percepción usual, avizorar los mecanismos de la transmutación de las apariencias y jugar con la magia sagrada fueron los que hicieron de su poesía la casa del ser, señalando así caminos para mayor grandeza del hacer humano.

1 HOMERO. Ilíada. Madrid, 2006
2 JOHAN HUIZINGA. Homo ludens Buenos Aires, 1957.
3 El concepto pertenece al profesor Ram Shamker Misra

 

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Las dualidades del número 13

A Diana Isabel Palópoli

En el imaginario popular el número 13 tiene connotaciones muy adversas, especialmente si se asocia con un día martes o viernes. Las razones que se aducen pertenecen a la esfera de la cultura occidental y tienen un punto de partida más o menos preciso, esto es, cuando las deidades materno-lunares estaban en franco retroceso.

El aspecto maléfico

Los Doce Dioses mostraron tempranamente su ira por introducir un número mal considerado cuando Filipo de Macedonia agregó su estatua junto a las deidades, por lo cual poco después murió asesinado.

Según cuenta la historia de Israel: el día trece del mes doce del año doce del reinado de rey Jerjes (486-464 a.C.) estando los judíos condenados a muerte, sólo la intervención de una dama, Ester, impidió el genocidio. En cambio, nadie pudo impedir la perdurable confusión de lenguas que se produjo un martes 13 en la Torre de Babel.

En la tradición cristiana, el número 13, combinado con días como el martes o el viernes proviene del episodio de la Sagrada Cena. Jesús reunió por última vez en un comida a sus discípulos. Donde uno de los doce apóstoles lo traicionaría. Jesús, que lo sabe, moj un bocado en el plato y e lo pasa a Judas diciendo “Lo que has de hacer, hazlo pronto” (Jn. 13: 21-30). La profecía se cumplió y Jesús fue crucificado un día viernes. De este modo, acorde a ciertos teólogos, el hecho nefasto permitió cumplir el plan de salvar y redimir a la humanidad mediante el sacrificio de Jesús.

Otra profecía, todavía incumplida, aparece en el capítulo 13 del Libro de las Revelaciones donde se une el Apocalipsis con la llegada del Anticristo.

Un desarrollo similar al de la figura de Jesús se encuentra en la literatura nórdica. Doce dioses fueron invitados a un banquete en el Valhalla. Loki, el espíritu de la adversidad y la pelea, logró filtrarse entre los comensales, ascendiendo entonces a trece el número total. En el intento de expulsar a Loki se produjo una pelea. Al igual que sucediera con Cristo, Balder, el favorito de las deidades, acabó muerto por intermediación.

En el fuerte predominio patriarcal del Medioevo, se tenía al 12 como número cósmico. Esta medida del tiempo solar, si era sobrepasada, significaba ir contra el orden universal y su estabilidad reconocida. El 13, en cambio, implicaba alterar ese sistema duodecimal de doce meses, doce signos del zodíaco, doce horas, etc. Por ende, lo que sobrepasase ese canon, por ejemplo el número 13, se consideraba diabolos, esto es, lo que separa y, por extensión, lo que indispone, lo que acusa, lo que separa. Lo que era symbolon –unión- queda transformado en su contrario, diabolon. Por ello la Cabala, como las leyendas nórdica, hablarán de los 13 espíritus del mal.

La Edad Media es rica en asociaciones del número 13 con acontecimientos desgraciados. Durante la Cuarta Cruzada, por ejemplo, se produjo el sitio de Constantinopla que finalmente cayó el 13 de abril de1204.

Tras un largo período de intrigas, falsas acusaciones y acuerdo secretos para apoderarse de sus bienes, el rey Felipe IV de Francia decreta la detención de los templarios. El mandato se lleva a cabo el 13 de octubre de 1307, siendo detenidos más de cien caballeros, lo cual marcó el principio del fin de la Orden del Temple.

En paralelo a los acontecimientos sociales, se iban gestando formas de juego y adivinación. Una síntesis de ambas vertientes fue el tarot. Si bien sus raíces pueden rastrearse hasta la más remota antigüedad egipcia, sus desarrollos se concretaron alrededor del siglo XV, Entre sus Arcanos Mayores se encuentra el número 13.

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Arcano XIII

El 13 se denomina “la Muerte” y es representada como un esqueleto que lleva en su mano siniestra una guadaña con la que corta cabezas y hierbas. Sesga una cabeza de niño y una de rey, para demostrar que la muerte e igualitaria. Un pie se hunde en la tierra y su cabeza tiene forma de luna. La hierba que corta se supone que es mala, lo cual permite florecer lo positivo, Vale decir, aquí el número trece se convierte en una encrucijada entre lo bueno y lo malo. Si bien significa muerte, ésta puede referirse a dejar atrás lo que pesa para abrirse a una transformación, a una evolución necesaria dentro de la esencia inmutable.

El día martes, regido por el dios de la guerra y por el planeta rojo, fue conocido en la Edad Media como “el maléfico”, sobre todo si se asociaba con el día 13, considerado un elemento excéntrico, marginal, errático, apartado de lo ritmos normales del universo.

Asimismo. se tenía por cierto que los efectos nocivo del martes o el viernes 13 se acentuaban si coincidían con el plenilunio.

En el siglo XVIII, el pragmatismo anglosajón decidió acabar con las supersticiones relacionadas con el viernes 13. A ese fin, la marina británica ordenó rebsutizar un buque con el nombre de HMS Friday. Asimismo, se designó aun capitán cuyo nombre era Jim Friday y. no satisfecho con que el buque y el capitán ostentaran el nombre del temido día viernes, se reclutó a la tripulación precisamente en ee día. No pararon allí lo desafíos: fue un viernes que se armó la quilla del varco para finalmente botar la nave un viernes 13. Una vez que se lanzó a las aguas, nunca más se volvió a saber del barco o de su tripulación.

El aspecto benéfico

La Decimatercia vuelve
y sigue siendo la primera
Y es siempre la única
en el momento único.
Eres tú, Reina, ¡oh tú!
la primera y la última.
Gerard de Nerval

Tal como ocurre con numerosas prácticas, ideas, costumbres, deidades, el significado del número 13 ha sufrido profundas metamorfosis a lo largo de los tiempos. Las culturas que se regían por el calendario lunar le concedían un lugar excepcional.

Los antiguos mexicanos lo tenían en alto valor, ocupando un lugar decisivo tanto en su teología como en la astrología. El Popol Vuh habla del dios trece que es también el primero. Entre los aztecas, el 13 representaba la cifra del tiempo, con una semana de trece días, siendo esta cifra el cumplimiento de una serie temporal.

Las culturas orientales tenían al 13 por número divino; en China, por ejemplo, el trece es sinónimo de “vivir eternamente”. Algo parecido ocurría en las épocas en que todavía estaban cercanos los cultos materno-lunares, cuando Zeus, según Platón, se situaba en la corte de los dioses como el decimotercero se lo recibía alegremente. O Ulises, que pudo escapar del Cíclope y su apetito exterminador por ser el número trece del grupo.

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Las valkirias

En la mitología nórdica, los Edda enumeran positivamente la existencia de trece valkirias, Freya, Hécate, Diana fueron algunas de las formas que tomó la Gran Diosa Madre en el resurgimiento medieval de su culto. Curanderas, sanadoras, mujeres sabias que ayudaban en los partos, que conocían las hierbas que sanan, que restauraban heridas y consolaban a los pobres, se reunían de tanto en vez a la luz de la luna. En recuerdo de la simbología lunar de la Diosa, se agrupaban en número de trece en lo que llamaban conventículos, unque a veces multiplicaban el número en grandes asambleas. El bosque las cobijaba de miradas indiscretas mientras se dolían de la miseria en que los poderosos sumergían al pueblo e intercambiaban conocimientos que les permitirían ayudar mejor a los sufrientes del cuerpo y el alma.

El resurgimiento, la independencia y la labor eficaz de esas mujeres a las que se llamó brujas acabó por molestar a los patriarcas que tanto se habían esforzado por borrar todas las huellas de las deidades anteriores a los dioses solares. Se las evaluó como figuras del mal, adoradora de una figura astada. Fueron entonces objeto de calumnias, de persecución, encierro y tortura, de muerte por el fuego. Su número clave, el trece, pasó a ser nuevamente una cifra ominosa: se convirtió entonces en des Teufels Dutzend –“la docena del diablo”.

A pesar de todo los intento de borrar el embolismo positivo del número 13, éste siguió conviviendo con el negativo. Un ejemplo claro de esta supervivencia puede encontrarse en los Estados Unidos de Norteamérica. En la vida cotidiana se ha procurado erradicar el trece, quitándolo de la numeración de los pisos, de las habitaciones de hotel, de los asiento en los transportes. Sin embargo, no ocurre lo mismo con sus símbolos más conocidos: el escudo y el dólar.

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El Gran Sello ostenta un águila calva con las alas abiertas: en su garra izquierda sostiene un grupo de trece flechas –que representan los trece Estados originales de la Nación. En la derecha sostiene una rama de olivo con trece hojas y trece frutos. Sobre su cabeza aparece una gloria con trece estrellas arregladas en filas de 1-4-3-4-1, formando una estrella de seis puntas.

El reverso del Escudo aparece en el lado derecho del reverso de los billetes de un dólar. Asimismo muestra una pirámide truncada en forma de un conjunto de trece capas: en la base figurt en números romanos el año de la independencia de Estado Unidos y sobre ella, inscripto en un triángulo, el ojo de Horus.

En el reverso se muestra una pirámide trunca. Sobre ella hay un ojo dentro de un triángulo, rodeado de una gloria. La pirámide se muestra convencionalmente como un conjunto de 13 capas para referirse a los 13 Estados originales. Se inscribe en la base de la pirámide el número romano MDCCLXXVI (en relación a 1776, año de la Declaración de Independencia de Estados Unidos).

No cabe duda de que estos poderosos símbolos, junto con los lemma que allí figuran: Annuit Cœptis  -“Aprobar las cosas que se han iniciado”- y  Novus Ordo Seclorum -“Nuevo Orden de los Siglos”- comunican un fuerte mensaje codificado en el cual el número 13 y sus connotaciones materno-lunares no es el menos significativo.

Comunica un mensaje codificado en simbolismos, dentro del cual el número trece es la clave más importante.
Representa la subid eterna de Síifo o el tonel de las Danaides..

El defensor del escudo es un águila calva con las alas abiertas (o “muestra”, en términos heráldicos). Desde la perspectiva del águila, que sostiene un grupo de 13 flechas en su garra izquierda, (en referencia a los 13 Estados originales) y una rama de olivo en su garra derecha, simbolizando que Estados Unidos tiene “un fuerte deseo por la paz, pero siempre estará listo para la guerra”. Aunque no se especifica en la ley, la rama de olivo se representa generalmente con 13 hojas y 13 aceitunas, representando otra vez los 13 Estados originales. El águila tiene su cabeza vuelta hacia la rama de olivo, en su lado derecho, simbolizando una preferencia por la paz. En su pico, el águila lleva un pergamino con el lema “E pluribus unum” (“De muchos, uno”). Sobre su cabeza aparece una gloria con 13 estrellas en un campo azul. Las 13 estrellas sobre el águila se arreglan en filas de 1-4-3-4-1, formando una estrella de 6 puntas.

Reverso del billete de un dólar estadounidense.

En el reverso se muestra una pirámide trunca. Sobre la pirámide se encuentra un ojo en un triángulo, rodeado de una gloria.

La pirámide se muestra convencionalmente como un conjunto de 13 capas para referirse a los 13 Estados originales. Se inscribe en la base de la piramide el número romano MDCCLXXVI (en relación a 1776, año de la Declaración de Independencia de Estados Unidos).

Dos lemas aparecen: “Annuit Cœptis” (“Aprobar las cosas que se han iniciado”) y “Novus Ordo Seclorum” (Nuevo Orden de los Siglos). Rara es la vez en que se representa el reverso del Gran Sello. No obstante, aparece en el lado derecho del reverso de los billetes de un dólar.

En el escudo de los Estados Unidos aparecen trece estrellas que parece que representan los trece estados que formaban la nueva nación americana. Para los cabalistas modernos, la constelación de trece estrellas que se encuentra sobre el águila en el anverso del Gran Escudo de los Estados Unidos, comunica un mensaje codificado en simbolismos, dentro del cual el número trece es la clave más importante.

«Los francmasones que fundaron Estados Unidos obtenían su inspiración de muchas escuelas y filosofías antiguas, tales como las Escrituras hebreas y cristianas, las doctrinas de Pitágoras, la Escuela de Alejandría, Platón, los cabalistas y los Rosacruz. La influencia cabalística parece ser la mas importante dentro de la francmasoneria y se revela ostentosamente en el Gran Escudo de los Estados Unidos.» [El escudo de los Estados Unidos y las pirámides]

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El gato: De la sacralidad al anarquismo

La reputación del gato ha sido muy variable a lo largo de la historia. Temido y reverenciado, objeto de amor y de odio, sacro y sacrílego, le fueron adjudicados los calificativos más extremos y los más variados tratos.

En la Antigüedad

La relación gatos-humanos se pierde en el tiempo, ya que en el siglo VIII a.C, ya se los enterraba juntos. Pero habría que esperar a la IV dinastía egipcia para la consagración del gato.
Bastet, la gran diosa del panteón egipcio, representaba la fecundidad, la luz, la belleza tanto como la abundancia y el placer. Pero también simbolizaba el misterio, la noche y la luna. Era la Dama del Este con cabeza de gato que se transformaba en cabeza de leona cuando se encolerizaba y adquiría la forma de Sejmet, la Dama del Oeste, “la más poderosa”, “la terrible”,
En su aspecto diurno no era menos beligerante ya que combatía al dragón Apofis para que no interrumpiera la ruta del sol. Por ello, a menudo se la ve en su forma felina sosteniendo entre sus garras a una serpiente. Este mitologema, gato-serpiente, va a aparecer una y otra vez en distintas culturas.
Feroz y amable, Bastet era impredecible y extraña. Como deidad lunar, velaba por el alma de los muertos y protegía de los malos espíritus a la par que velaba por las embarazadas y los nacimientos, pero también, en su aspecto oscuro, era vengativa y guerrera, impiadosa y brutal.

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La diosa Bastet

La suma de sus cualidades, positivas y negativas, la convirtieron en una de las deidades cuyo culto suscitaba más fervor. Era tan extrema la adoración que se le profesaba a la diosa felina, que el faraón impuso severas medidas -que llegaban a la pena capital- para quien osara matar un gato.
En sentido contrario, si fallecía un gato de familia, se llevaban a cabo banquetes mortuorios a la vez que los varones de la familia se afeitaban las cejas en señal de duelo. El cadáver del animal era embalsamado para ser sepultado en la tumba familiar o en un cementerio de animales.
Durante el bajo Egipto la ciudad de Bubastis estuvo enteramente dedicada a la adoración del gato. Se lo llamaba por la onomatopeya de su voz miw o mau y era ante todo un símbolo de libertad, En el templo principal de la urbe se llevaban a cabo las festividades que le estaban dedicadas, Allá acudían miles de peregrinos durante el mes de mayo para honrarlo e implorar sus favores. Cuando moría un gato sagrado, se procedía a embalsamarlo para ser enterrado en un cementerio. En estos casos era obligatorio vestir de luto.
El tiempo todo lo cambia y Egipto y su culto al gato fueron declinando, no sin antes transmitir su influencia a los países europeos.

Imponente, enigmática, en el ámbito celta hay una deidad equivalente a la egipcia Bastet cuyo nombre es Freya, En los Eddas se la describe como la diosa del amor, la fertilidad y la belleza. En tal caracter se la invoca para tener buenas cosechas y felices partos.
Sin embargo, Freya tenía su faz oscura que la asociaba a la magia, las profecías, la muerte y, curiosamente, a la riqueza como forma de exterminio. En este aspecto, era una diosa bélica que comandaba a las Valkirias. Estas mujeres guerreras sobrevolaban los campos de batalla montadas en sus caballos alados para llevar los cuerpos de la mitad de los guerreros muertos al Valhalla, donde eran recibidos por Freya. La otra mitad le era entregada a Odin.
Los gnomos le habían regalado un brisingamen, un collar labrado en oro y piedras, del cual nunca se desprendía, ni siquiera cuando cruzaba los cielos a gran velocidad en su carruaje divino. Un carruaje tirado por dos gatos: Bygul “Abeja de oro” y Trjegul “Ärbol de ámbar dorado”
A pesar de tener una diosa protectora, los gatos no eran vistos con demasiada simpatía por creerlos con gran capacidad de traición Así lo atestigua el sobrenombre de Cenn Chaitt, “Cabeza de gato” con que se conoció a Cairpre, el usurpador del trono que causó la ruina de Irlanda.

La ambivalencia respecto al gato se repite en la India donde existen numerosas estatuas de gatos ascetas que representan la beatitud. No obstante, los budistas le reprochan que, junto con la serpiente, fueron los dos únicos animales que no se emocionaron con la muerte de Buda, aun cuando Mukalinda, una serpiente, lo haya cobijado al Gran Maestro durante el tiempo que se mantuvo meditando hasta llegar a la Iluminación.
El mismo nexo gato-serpiente, inaugurado por Bastet y retomado por el budismo, lo replica la Càbala, que le adjudica ser símbolo dé lujuria, de abusar de los bienes de este mundo.
En el mundo musulmán, en cambio, se considera que el gato es de buen augurio. En una nueva versión que equipara el gato al león, cuenta una leyenda que las ratas incomodaban a los pasajeros del Arca de Noé. En procura de aliviar la situación. Noé pasó su mano por la frente del león: la reacción fue un estornudo mediante el cual expulsó la primera pareja de gatos.

En la era cristiana

Los primeros tiempos de la era cristiana mantuvieron en cierto grado el culto al gato. En Irlanda, por ejemplo, había “una gata negra delgada, que se recostaba en una silla de plata vieja” que “tenía una cueva-santuario-oracular en Connaught, en Clogh-magh-rightcat, ahora Clough, antes de la llegada de San Patricio. Esta gata daba respuestas muy vituperadoras a los inquisidores que trataban de engañarla y era, al parecer, la equivalente de la diosa Gata egipcia Bast.”1
No obstante, en los campos la suerte del gato había variado. Se lo consideraba el “espíritu del grano” y, cuando terminaba la recolección de las mieses se decía que iban a “matar al gato•, lo cual efectivamente llevaban a cabo, El proceso variaba; a veces se mataba un gato en el corral de la casa y, en otra ocasiones, ponían un gato vivo debajo del último haz de mies y. al trillarlo, mataban al gato a golpes de mayal. No era infrecuente que luego se sirviera el gato como exquisita comida.

El tiempo siguió su curso. El alimento era escaso en una Europa sometida a guerras constantes, a pujas por el poder, al desdén de los poderosos por los pobres y necesitados. Afecciones diversas, enfermedades convertidas en epidemias, se unían a los estragos de inundaciones y sequías para convertir en un tormento el diario vivir. La voz de la religión recordaba que todo mal proviene de los pecados del hombre, que la existencia es un tránsito doloroso, un medio para purificarse y alcanzar la beatitud eterna.
La ecuación no representaba un consuelo ni una vía para enfrentar el padecimiento cotidiano. En busca de una alternativa, las mujeres comenzaron a reunirse, a intercambiar ideas, a socorrerse mutuamente, a intercambiar plantas con que elaborar remedios efectivos, a asistir a las parturientas, a curar las heridas que producían las duras faenas.
Poco a poco fueron resurgiendo los viejos ritos de sentarse junto a un árbol a la luz de la luna, de cantar y bailar para aliviar el corazón de tanta pena. de implorar la merced de una madre divina. El culto a la Gran Diosa, esta vez bajo el nombre romano de Diana, se puso en marcha.
Las autoridades de toda índole no podían tolerar estas desviaciones si querían mantenerse en el poder. Se desató una oleada de persecuciones contra las mujeres que se atrevían a congregarse y pensar juntas los problemas de la vida. Se las llamó brujas. Se las tomó prisioneras, se las encerró de por vida, se las quemó en las santas hogueras como ejemplo de comportamiento delictivo. Y. junto con ellas, se estigmatizó a sus animales.
Protectoras de todo lo viviente, amantes de los animales, las mal llamadas brujas solían tener junto a ellas perros y gatos. Ambos “familiares” fueron vistos como personificaciones del mal. Se suponía que el demonio tomaba la apariencia de un gato en sus visitas a la tierra o que las brujas tomaban la forma de un felino. No quedaba otra solución que acabar con ellos.
Un edicto de 1484 del papa Inocencio VII autorizó el sacrificio de gatos en las fiestas populares. Miles de personas celebraban las festividades colocando a los gatos en una bolsa para arrojarlos luego desde las torres de las iglesias. Pronto acompañarían a sus amas hasta las hogueras levantadas en las plazas públicas donde unos y otras eran quemados vivos.

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Lo mismo ocurría con los herejes, a los que también se culpaba de adorar gatos. La acusación iba sobre todo contra los Caballeros Templarios y los cátaros, de quienes se sostenía habían derivado su nombre del culto al gato.
En Inglaterra se dio el caso, curioso pero previsible, de quemar gatos como señal de la herejía protestante durante el reinado de María Tudor. Y de quemar gatos como señal de la herejía católica bajo el reinado de Isabel I.
El exterminio de gatos permitió la proliferación de roedores. Irónicamente, la venganza felina se fue consumando poco a poco, durante siglos, a través, precisamente, de sus enemigas. Sin contención natural, las ratas devoraban sin piedad las cosechas y transmitían enfermedades como la peste negra que azotó Europa en el siglo XIV. Hambre y enfermedades para los seres humanos fue el corolario de una decisión nefasta.

De la sonrisa

Hubo que esperar hasta el siglo XVII para que comenzara a restablecerse el equilibrio natural al prohibirse la quema de gatos por considerase una práctica cruel. El primer mandato formal llegó de manos de Luis IV, que era un gran amante de los felinos y consideraba que echarlos a la hoguera era un símbolo de barbarie
Sin embargo, fueron los ideales de fraternidad y libertad de la Revolución Francesa los que alcanzaron a envolver a los animales en un abrazo de compasión igualitaria Así se desterró por consenso unánime la práctica de erigir hogueras para arrojar en ellas animales o personas vivas.
Nuevos tiempos, nuevo estatus, nueva imagen. En la Inglaterra del siglo XVIII se acuña para un gato ficticio, el Gato Sonriente de la cultura popular, una feliz expresión: grinning like a Cheshire cat En 1788, en A classical dictionary of the vulgar tongue, de Francis Gose, una de sus entradas dice: “Gato de Cheshire. Sonríe como gato de Cheshire. Dícese de cualquiera que enseña sus dientes y encías cuando ríe.” Poco después, en 1792 en un texto de John Wolcot se lee: “Nuestra corte sonreirá como gato de Cheshire.” El gato y su indescifrable sonrisa habían logrado abrirse paso en las letras. Sin embargo, no adquirirá su real dimensión hasta que Lewis Carroll le concediera un lugar privilegiado en su texto de Alicia en el país de las maravillas.
En el relato de Carroll, el Gato aparece y desaparece; puede mostrarse por completo o fragmentariamente o desvanecerse de súbito cuando así le parece. Su mera presencia permite que no haya ninguna rata en el País de las Maravillas. Trepado en la rama de un árbol, contra el cielo, cuando se va disipando deja en pos de sí una dentadura en “creciente”, esto es, una sonrisa que perdura. La semejanza con las fases lunares no podía ser más obvia.

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Carroll, gran matemático y estudioso de los simbolismos y los juegos de palabras, le devuelve al felino la majestad de que había gozado en tiempos pretéritos. El Gato de Cheshire entretiene a Alicia mediante conversaciones plenas de paradojas y aparentes sinsentidos, absurdos y disparates. No obstante, a lo largo de estos coloquios se va perfilando una profunda crítica al pensamiento patriarcal y los distintos modos en que ha sido implementado en la vida cotidiana, desde hace centurias, por las fuentes de poder oficiales.
Símbolo de la cosmovisión materno-lunar, el Gato de Cheshire está presente con su solidaridad toda vez que Alicia lo necesita. Quizá la conjunción más feliz de actitud cuestionadora y sostén amistoso sea la del momento en que Alicia es condenada a muerte y el Gato hace desaparecer su cuerpo, dejando sólo la cabeza visible a la par que provoca una engorrosa discusión entre el Rey, la Reina y el verdugo sobre la posibilidad de decapitar a un ser que no tiene cuerpo.
Enigmático, crítico de la realidad a la que cuestiona con sus propios instrumentos racionales, él mismo un problema ontológico, el Gato de Cheshire se retira gradualmente hasta que no queda otra cosa más que su sonrisa mientras le hace notar a Alicia que muchas veces habrá visto a un gato sin sonrisa pero nunca, nunca, una sonrisa sin gato´

Los ojos felinos

Magnéticos, atragantes, visionarios, se reputaba que los ojos del gato podían ver de noche, lo cual los convertía en buenos custodios, Por ello, en antiguos cementerios de Beni Hasan se encontraron pequeñas imágenes de gatos, de ojos prominentes, sentados en actitud de vigilancia.
El felino recibió los apodos de “vigilante de la noche” y “destructor de los enemigos de Osiris” tanto por su aptitud para la guardia como por su extrema sensibilidad a las influencias astrales.
Según Plutarco, que repetía conceptos de Cornelio Agrippa, los ojos del gato se agrandan o achican de acuerdo a las fases de la luna, lo cual lo convierte asimismo en un excelente visionario, capaz de entrever aquello que se mueve en dimensiones que no son las binarias. O, tal vez, pasar él mismo de una a otra dimensión. Quizá se deba a esta facultad de esfumarse súbitamente a la vista humana que si un gato se aparece en sueños suele ser interpretado, desde el psicoanálisis, como la parte femenina asociada al pensamiento intuitivo, no recional.
Asimismo, distintas culturas han sostenido que los ojos del gato coadyuvan en rechazar un conjunto de fenómenos desfavorables y, por el contrario, en favorecer los positivos. Tanto es su fuerza que a una piedra de cuarzo se la denomina, precisamente, “ojo de gato” Los árabes creían que este crisoberilo de variados colores podía causar la invisibilidad de quien lo usara correctamente. De modo más modesto, en otras culturas, incluso en la moderna occidental, al ojo de gato se le atribuyen propiedades como erradicar las malas influencias, fortalecer la salud y prevenir enfermedades. También atrae el éxito y la fortuna y es eficaz contra los contratiempos. En otra faceta, se asocia el crisoberilo a la disciplina interior y el autocontrol.

El gato anarquista

Los colores del gato han sido con frecuencia objeto de interpretaciones contrapuestas. En Irlanda y Escocia se creía que los gatos de tres colores atraían la buena suerte y agudizaban las percepciones de sus dueños. El gato negro, por el contrario, a menudo ha sido objeto de rechaza, incluso hasta nuestros días, en que, si alguien se cruza con un gato negro, cree que el porvenir inmediato le será desfavorable.
Sin embargo, en la Antigüedad, el gato negro era considerado, por ejemplo en Egipto, como un signo de libertad y autonomía. Los avatares históricos lo estigmatizaron, creándose a su alrededor una pesada atmósfera de recelo, que llevó a la creencia de que era la encarnación misma del Diablo. No obstante, también en el color negro cambió el sino del gato.

La Revolución Industrial, antes que beneficios para la población, produjo un gran giro en la distribución de riquezas, acumulándola en pocas manos. La literatura ha recogido innumerables ejemplos de las clases pauperizadas que, hambreadas y enfermas, luchaban por tener un lugar mínimamente digno baso el sol. No eran infrecuentes las reuniones de obreros y empleados de bajos puestos donde se decidiera enfrentar esa situación ignominiosa en que estaban sumergidos con alguna clase de acción contestataria. Paros y huelgas se encontraban entre esas protestas.

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Una de las tantas medidas de fuerza contra el capital explotador se encontraba en su peor momento. La represión de los poderes constituidos se había cobrado varias víctimas, entre heridos y encarcelados. Cundía el desánimo en el acampe de los trabajadores. De pronto, un gato negro, famélico y enfermo, se paseó entre los obreros. Éstos, en un gesto compasivo, en lugar de echarlo lo alimentaron con su magro sustento, tomándolo como mascota. Indomable y resistente, el gato lentamente se fue recuperando hasta que alcanzó una espléndida lozanía. En ese momento la huelga dio un vuelco positivo, alcanzando los huelguistas los objetivos que se habían propuesto.
¿Cómo no querer a ese gato? ¿Cómo no identificarse con su resistencia y bravura? La anécdota corrió como un río en los movimientos anarquistas: el wildcat, el gato negro salvaje, el gato montés fue adoptado como emblema del anarquismo y, en especial, del anarco-sindicalismo. Ralph Chaplin, un nombre destacado en el sindicato Industrial Workers of the World, de Estados Unidos de Norteamérica, fue el encargado de diseñarlo tal como se conoce ahora: la espalda arqueada en posición de pelea, mostrando las uñas y los dientes.
La silueta del Gato Negro, usada posteriormente por numerosas agrupaciones sindicales, constituye la revitalización del sentido de libertad que tuvo en sus orígenes. Morir antes que claudicar. La libertad sagrada de los dioses y la libertad anarquista de los desposeídos quedaron hermanadas en la figura trascendente del Gato Negro.

1 ROBERT GRAVES. La diosa blanca. Buenos Aires, 1970

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La prosapia del perro

Fidelidad, protección, cuidado, vigilancia, compañía son algunas de las muchas palabras que acuden a la mente cuando se piensa en lo que un can simboliza. Aun cuando estas cualidades sean encomiables, no reflejan acabadamente la prosapia del perro, reconocida desde las culturas más arcaicas hasta la actualidad.

Originalmente, los perros eran los compañeros de la Gran Diosa Madre, En Babilonia constituían el símbolo de la Diosa del Destino; en Grecia acompañaban a Hécate y en Persia a su equivalente del reino de la muerte.

Los avances del patriarcado operaron grandes transformaciones; así Sirio, la Estrella del Perro, fue identificada por los griegos como el gran dios Pan, Sin embargo, Píndaro hubo todavía de reconocerle su origen al denominarlo “el perro de forma cambiada de la Gran Diosa.”

En otra de las mutaciones, Anubis es hijo de la diosa -Neftis o la vaca primordial Hesat, Es uno de los dioses más antiguos de Egipto e inicialmente se lo representó como un can negro tendido sobre su estómago, aunque luego se le prestó un cuerpo de varón y sólo quedó la cabeza de perro.

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El dios Anubis

El reino de Anubis era el inframundo, el Duat, la zona tenebrosa de lo invisible porque la función primigenia del perro fue la de psicopompo, esto es, guiar a los muertos en el más allá. En tal carácter, le prestó su perfil a las grandes deidades del imperio ctónico; Tíen kuan, Cerbero, Xólotl, Thot, Hécate, Hermes.

Su fino olfato lo capacitaba para decidir qué clase de persona era la que había llegado a las puertas de la muerte y, en consecuencia, conducirlo al lugar adecuado. Por ello, los egipcios ponían un énfasis especial en aromar los cadáveres con especias para ser rápidamente aceptados.

Señor de los reinos de la muerte, cuyas puertas custodiaba, el perro se encontraba en un lugar inmejorable para tender puentes entre ambos universos: el visible y el otro. Esto le permitía no sólo ver fantasmas sino que podía convertirse en un medio propiciatorio para sucesos venideros. Por consiguiente. en algunas comunidades originarias se sacrificaba un perro blanco cuando comenzaba un nuevo año para que llevara los deseos generales al más allá. Este sacrificio configuraba el centro de la fiesta. El perro era, en efecto, “un mensajero que se enviaba al cielo a llevar los ruegos de los hombres.”[1]

Dentro de sus aspectos de intercesor, en los banquetes fúnebres originarios se le daba al perro un trozo del cadáver de su amo muerto junto con estas palabras: “Cuando vivías, tú eras el que comia: ahora que has muerto, es tu alma la que come” De esta manera se propiciaba su entrada en el otro mundo.

Los muertos no están sujetos a la tiranía del tiempo, por ello solían ser interrogados a través de un perro para que anunciara a los seres vivientes los acontecimientos que iban a producirse. Previsiones y augurios no están lejos de la hechicería, por ello si un perro se aparecía en sueños era signo indubitable de que el soñador estaba bajo el influjo de una bujería: así lo creyeron largamente los pueblos de la antigüedad.

En su aspecto positivo, la función de psicopompo del perro, como la de Hermes, lo ubicaba como factor decisivo en la curación de enfermedades. En Babilonia, el perro era el símbolo de la Diosa del Destino, conocida como Gula “la Gran Doctora”, que podía sanar o causar las enfermedades que quisiera.. Asimismo el perro figura entre los atributos de Asclepios, el dios de la medicina de los griegos.

El perro de fuego

Bachofen admite el carácter ctónico-lunar del perro y, en tanto relacionado con la tierra, ostenta asimismo un aspecto materno, el de la materia receptiva, de fructificación. Si bien esto podría alejarlo de la realidad luminosa, lo cierto es que a menudo aparece como héroe asociado al fuego.

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Según relata Frazer2, en el Alto Nilo se creía que el perro había robado el fuego a la serpiente o. alternativamente, al arco iris o a las divinidades celestes. Lo cierto es que, corriendo con las chispas robadas, se quemó la cola pero, incluso aullando de dolor, siguió corriendo hasta donde los hombres pudieran apoderarse del fuego.

En una latitud tan distante como Mesoamérica, existe asimismo una fuerte ligazón entre los aspectos ctonianos y uranianos del perro. Según los mayas, el perro guía al sol en su curso subterráneo, esto es, representa al sol negro.

En lengua náhuatl, Xólotl significa, a la vez, perro y gemelo”. Es el mellizo de Quetzalcoatl. el dios del relámpago, del juego de pelota y el inframundo, la estrella de la tarde que despierta a la Luz, Por ello. el Padre Sahagún afirma que: el Can es el símbolo del fuegopara los aztecas, la síntesis simbólica del Sol.

La asociación del perro con el fuego estuvo llamada a perdurar largamente, al punto que reaparece en la esfera cristiana como el enviado de Dante: infin che´l veltro verra y el Precursor de la segunda venida de Jesús en Durero. Asimismo, un can que escupe fuego es el emblema de san Dominico, cuyos monjes, los Domini canes, -los perros del Señor– se constituyeron en los heraldos o guardianes de la palabra cristiana.

Más tarde, el avance del autoritarismo patriarcal produjo un giro netamente desfavorable en la visión que se tenía del perro. Asociado al culto de las mujeres a la Gran Diosa, se lo vio como un representante del ígneo Satanás y su corte de diablos. No tardó en caer el más horrible anatema sobre las mujeres que mantenían un buen trato con los perros. Fueron vistos como la encarnación del mal, desatándose contra unos y otras una persecución abyecta. Hay pocos registros históricos similares al ensañamiento, la crueldad y la persistencia con que se llevó a cabo la llamada “caza de brujas.” La tortura y la muerte en la hoguera de cientos de miles de mujeres y animales fue el corolario que usaron los poderes constituidos para tranquilizar las conciencias misóginas.

Cualidades diversas

En el ámbito celta el perro era objeto de todos los elogios y, por su valor, se lo asimilaba a los guerreros. Tanto era así que su héroe vernáculo tomó el nombre de Cuchulainn. “el perro de Culainn”, después de un confuso episodio en el que dio muerte a la perra de Culann. En su homenaje, juró perpetuar con su conducta las funciones del can difunto.

Lo cierto es que los celtas iban siempre al combate acompañados de sus perros y el valor de éstos era tal que, cuando se quería honrar a un guerrero, se lo elogiaba diciendo que era un perro. Y también, como homenaje, se comía ceremonialmente la carne perruna. Precisamente esto fue lo que mató a Cuchulainn que, mediante un geis o juramento había prometido no comer nunca esa clase de carne. Mediante un artilugio, se lo forzó a ingerirla, lo cual lo debilitó de modo extremo, perdiendo prontamente la vida en combate.

Según el islamismo, el perro posee cincuenta y dos características, de las cuales la mitad son santas y la otra mitad maléficas. Una de las virtudes que se le reconocen es la fidelidad: “Si un hombre no tiene hermanos, los perros serán sus hermanos. El corazón de un perro es similar al corazón de su amo.” En sentido opuesto, una tradición que llega desde el Profeta dice que un recipiente en el que haya bebido un perro debe ser lavado siete veces, debiendo ser hecho con tierra el primer lavado.

En general, el Profeta estaba en contra de matar perros, excepto que fueran negros con dos manchas blancas encima de los ojos; en cuyo caso debía ser ultimado porque se trataba de un diablo.

Sarama, la perra del dios Indra, los cinocéfalos egipcios, Cerbero el de tres cabezas y tantos otros son los canes que, con su propia apariencia, o mestizados con la figura humana, vigilan y custodian. La función de guardián del perro ha sido ampliamente reconocida por todas las culturas, sea que velen la entrada del más allá, la entrada de los templos o las puertas de la casa donde habitan sus amos.

La fiel guarda y la inquebrantable compañía de los perros crea en numerosas ocasiones lazos entrañables entre el can y quien lo posee, lazos que comprometen lo más profundo de los sentimientos. Una de las grandes epopeyas de la humanidad, el Mahabharata, relata un episodio muy emotivo que tiene como protagonistas a los Pandava y un perro. Relata la saga que cuando los cinco hermanos comienzan su peregrinaje comienza a seguirlos su perro. Primero hacia el este, luego hacia el sur, más tarde hacia el oeste, a la ciudad de Krishna que se encuentra hundida en el océano, El perro, fiel, los sigue de cerca. Por último deciden cruzar la cordillera del Himalaya por el norte, siempre con el can cercano a ellos. Los Pandava van muriendo, atrapados por el frío eterno de las alturas mientras el perro, incansable, continúa al lado de los sobrevivientes.

Finalmente sólo queda un hermano vivo, Yudisthira; en ese instante se presente Indra montado en un carro refulgente y le ofrece subir al cielo. Yudisthira esboza el gesto de llamar a su fiel acompañante, pero el dios el recuerda que los perros no tienen cabida en el cielo.

Yudisthira, en un gesto que le aseguró un lugar entre las deidades, renuncia al cielo porque no quiere abandonar a su amigo en la soledad y el frío, sellando así un pacto de lealtad más firme que la muerte.

Solidario, comunicativo, noble, el simbolismo plural del perro, tanto en su comportamiento como en sus funciones de intermediación, ha formado parte de diversos métodos de adivinación. Uno de eloos, siempre vigente, es el Tarot. En estas barajas, tres cartas llevan su imagen: el loco, la luna y el diez de oros. En todos los casos, apuntan a las buenas cualidades caninas en distintos grados. En consecuencia, se interpretan en el sentido de la comunicación, de mejorar el entendimiento con el entorno, de no desviarse de las decisiones tomadas y seguir la ruta tomada como el perro sigue al amo.

De leones, zodíacos y perros de paja    

Desde la dinastía Han (206 a.C. 220 d.C) templos, tumbas. palacios y edificios gubernamentales, entre otros sitios, son custodiados por los perros Fu. Estos fuertes canes, originados en la tradición budista, no se reconocen sólo como poderosos guardianes, plenos de valor y energía, sino que son un claro símbolo de la felicidad. Los Fu, que se representan de a pares sexuados, se muestran bajo otra forma: la de leones. Los sabios y legendarios leones de Buda

La estrella binaria Tïen kuan es conocida en China como el Perro Celeste. Es tormenta y meteoro; es el estampido del trueno y el resplandor del rayo. Asimismo, conforme a ciertas tradiciones, los chinos representan el caos bajo la forma de un gran perro, de larga pelambre, que tiene ojos pero no ve, tiene orejas pero no oye y no tiene órganos pero vive.

En sentido inverso, el perro es considerado de buen augurio porque, cuando se presentó el Gran Venerable en el monte T´ai che lo hizo acompañado de un can amarillo. Al igual que en la magia y la alquimia, los distintos colores del perro lo señalan como elemento que se transforma y permite transformarse a los hombres, a los que les presta alas de inmortalidad.

El Perro Celeste, que en realidad es rojo y tiene por enemigo al búho demoníaco, ocupa uno de los doce espacios en que se divide el zodíaco chino.

Los nativos de ese signo son representativos de algunos de los comportamientos del perro: son leales, atados a sus costumbres y comodidades, tanto como a las personas con las que convive. Prefieren no estar solos porque su necesidad de afecto es enorme.

En la China antigua, se fabricaban unos muñecos que imitaban la forma de perros a los que se rellenaba con paja. Estas figuras, utilizadas durante las ceremonias rituales, constituían una ofrenda a los dioses por lo cual se los trataba con sumo respeto.

Cargados de simbolismos, se los reverencia como un elemento efímero, filtros de maleficios que. según Wieger, es imperativo destruir luego de haber completado su uso ritual.

“Los perros de paja existían antes que la ofrenda, guardados en cofres envueltos en bellas telas. Luego de la ofrenda al muerto, son quemados porque, si se los utilizara una vez más, cada miembro de la familia del difunto sería atormentado por pesadillas.” La afirmación de Tchuang-tse remite a la consideración de que los perros de paja pertenecen al dominio del chamanismo y la magia.

En el libro fundamental del taoísmo, el Tao Te Ching, se lee:

Cielo y Tierra no reconocen benevolencia
a las cosas tratan cual perros de paja,
El sabio no reconoce benevolencia
al pueblo trata cual perro de paja.

En una de sus acepciones, “perro de paja” designa a una persona interpuesta, un intermediario. ¿Qué quiere decir entonces Lao tse cuando habla de que las cosas tanto como el pueblo no son sino perros de paja?

“En la concepción de esa otra vertiente mística que es el hinduismo, el universo de lo manifestado carece de densidad propia. En verdad el mundo no es sino maya, perro de paja destinado al sacrificio. Nuestros sentidos no aciertan a traspasar ese tejido de ilusión y, por ende, permanecemos alejados de la realidad última, sumidos en la pesadez de nuestra ignorancia. Creemos firmemente en el mundo porque desconocemos que ciertamente es un “fuelle de herrero” que nada verdadero contiene, un espacio virtual que, vacío, está completo en sí mismo.

Como las rosas del poeta, la existencia nace a la mañana para fenecer al ocaso: hombres, sucesos, cosas no son sino pompa vana. El que ha comprendido realmente que todo carece de sustancia no puede sino tratar con serena indiferencia aquello con lo que acierte a tropezar: ¿cómo aferrarse a una burbuja? ¿cómo alentar lo perecedero?”3

[1] WALTER KRICKRICKEBERG,. Religiosn amérindiennes.– París, 1963

2 JAMES FRAZER, La rama dorada, iMéxco, 1931

3 LAO-TSE. Tao Te Ching. Traducción y comentarios de LEONOR CLVERA. Buenos Aires, 1985.

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JOHN DEE: Entre Isabel I de Inglaterra y los ángeles

El Renacimiento se caracterizó, entre otras cosas, por la aparición de personajes notables. Uno de ellos fue John Dee, cuyas actividades abarcaron desde las matemáticas a la magia, desde la cartografía a la navegación, además de su interés por el teatro, la conservación de libros y los mundos no visibles.

Nació Dee en 1527 en el seno de una familia galesa, que había llegado a Londres para la coronación de quien se hizo llamar Enrique VII, esto es Henry Tudor, fundador de la dinastía que llevaría su nombre.

Entre 1535 y 1546 John asistió al Chelmsford Catholic School primero y al St. John’s College de Cambridge después. Muy pronto se destacó por sus cualidades intelectuales, al punto que fue nombrado miembro fundador del Trinity College y, poco después. Invitado por la Universidad de París a disertar sobre álgebra avanzada.

En el Trinity College, de Cambridge, comenzó también su fama de llevar a cabo prácticas ocultas. Poco después de poner en escena una escenificación de La paz de Aristófanes, comenzó a rodearlo una atmósfera enrarecida, tal vez debido a sus estudios sobre Cornelio Agripa y su Filosofía oculta con quien coincidía que ninguna ciencia puede probar la existencia de la divinidad mejor que la magia o la Cábala.

El clima contrario a sus ocupaciones desembocó en 1555 en una acusación combinada; la primera parte era calcular horóscopos para la reina María, la segunda, empeoraba la imputación con los cargos de asesinar niños o dejarlos ciegos mediante operaciones mágicas. Fue tomado prisionero y llevado al Consejo Privado de la Reina donde el cargo se amplió a traición a María. El juicio se llevó a cabo en la Cámara Estrellada donde Dee se representó a sí mismo, logrando su exoneración. Sin embargo, fue puesto al cuidado del obispo católico Edward Bonner para ser sometido a un examen religioso. Cambios de opiniones entre ambos, conversaciones nunca explicitadas fueron tejiendo un fuerte lazo que devino en una mutua y fructífera colaboración que logró ser perdurable.

Sin embargo, ka envidia y la maledicencia lo convirtieron una y otra vez en objeto de ataques y difamaciones. En 1583 una multitud enfurecida saqueó su casa y en 1594 reaparecieron ls viejas acusaciones de practicar magia con fines no santos.

Admirador de los grandes pensadores de todos los tiempos, Dee se presentó ante la reina María I con un detallado plan para preservar los libros antiguos así como manuscritos y archivos. El ambicioso plan se coronaba con la creación de una biblioteca nacional donde se guardarían los tesoros del saber. Infortunadamente, la propuesta no fue aceptada. No obstante, Dee no desistió de su idea y procuró crear en su casa de Mortlake aquello que le había ofrecido al bien público. Con el correr de los años, la biblioteca de Dee, que no cesaba de aumentar, se convirtió en la más grande de Inglaterra así como en un centro de enseñanza que atrajo a estudiosos de diversos países.

I El Imperio Británico

En 1558 sube Isabel I al trono de Inglaterra. John Dee, que le había señalado el día más propicio para su coronación, se convierte en su asesor y consejero en temas astrológicos y científicos. En la década siguiente actúa como consultor respecto a los viajes de descubrimiento de Inglaterra, brindando sus conocimientos técnicos sobre navegación y sus ideas respecto al rol de Inglaterra en la conquista de nuevos territorios. En este sentido, desde 1570 en adelanto publicó diversas obras en las que desarrollaba sus ideas respecto al fortalecimiento económico y politico de Inglaterra, así como su expansión tanto en el Viejo como en el Nuevo Mundo. En uno de sus tratados sintetizó sus ideas con la creación del término Imperio Británico, que debía expandirse tanto en la conquista de territorios como en el afianzamiento político y comercial

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Retrato de John Dee

Su asistencia a la reina Isabel en distintas esferas se puso a prueba en los avatares de lo que se dio en llamar la Armada Invencible. El monarca español Felipe II planeaba enviar desde Portugal y lo que actualmente son los Países Bajos, una flta de barcos para invadir las Islas Británicas. El fin no era anexar las islas sino destituir a Isabel I, a quien se enmarcaba en una larga lista de cargos políticos, e incluso familiares, contra la corona de España.

Isabel, por consejo de Dee, había continuado la renovación de los antiguos buques, dotándolos de un diseño que los hacía más rápidos y con cubiertas de cañones más largas. Este reacondicionamiento los hacía muy efectivos para enfrentar los pesados barcos de transporte españoles. Sin embargo, en una primera acometida la flota de Felipe pareció sacer una enorme ventajas.

John Dee aconsejó esperar ya que, de acuerdo a sus cálculos astrológicos, pronto se iba a desatar un gran temporal. Tal como el sabio lo previó, las turbulencias marítimas hicieron naufragar muchas naves españoles en tanto las ligeras embarcaciones inglesas pudieron maniobrar con prontitud y así ponerse a salvo. De los 122 barcos que habían alcanzado el Canal de la Mancha, se perdió más de un tercio, lo cual determinó que el duque de Medina-Sidonia, que los comandaba, determinara el regreso del resto de la flota a España sin coronar su misión de derrotar a las fuerzas inglesas.

II El mago

En paralelo a sus trabajos de asesoramiento a la Corona inglesa, Dee continuó sus estudios de la naturaleza tanto como las inquisiciones sobre los mundos espirituales. En una simbiosis propia, muy a tono con las búsquedas de esos tiempos, buscó fabricar criaturas articuladas con el vago anhelo de recrear las condiciones de la vida, sujetas a parámetros geométrico. Matemáticos.

A su entender, las matemáticas ejercían asimismo una enorme influencia en las artes y ls ciencias tanto exotéricas como esotéricas y así lo expresó en su Prefacio a Los elementos de Euclides, obra que tuvo una enorme repercusión fuera de los ámbitos académicos.

No menor repercusión había tenido otra obra escrita por Dee en 1564 cuyo título era Monas Hieroglyphica -La mónada jeroglífica- en la cual se detenía largamente en la interpretación de un glifo de su propio diseño. Las explicaciones, atravesadas por el pensamiento cabalístico, iban en el sentido de expresar la unidad mística de toda la creación.[1]

A pesar de toda su tarea mundana y espiritual, Dee no estaba satisfecho con sus progresos en el desciframiento de los secretos de la naturaleza. En 1582 conoció a Edward Kelly2 quien lo impresionó profundamente por sus talentos, siendo la adivinación el más destacado. Dee tomó a Kelly a su servicio, poniendo odos sus afanes en el contacto con lo sobrenatural. Previamente había empleado métodos como la bola de cristal, sin resultados apreciables.

Bajo la dirección de Dee ambos se sometían a ayunos, purificaciones y un estricto régimen de oraciones antes de celebrar las conferencias espirituales en las que Kelly actuaba como intérprete entre el mundo visible y el mundo de los ángeles.

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En esas comunicaciones, los ángeles le fueron transmitiendo ideas muy sorprendentes para los cánones del siglo XVI; por ejemplo, el abandono de la moral tradicional por un hedonismo sin barreras. Pero la enseñanza más notable que le transmitieron fue la de un sistema de magia especial: el lenguaje enoquiano.

III Los elementos enoquianos   

Enoc3 es un personaje sumamente controvertido. En el Antiguo Testamento se enumera hasta tres Enoc distintos, en tanto que los griegos lo asimilaron a Hermes Trismegisto. Al igual que Hermes, Enoc fue “el primero entre los hombres que nacen en la Tierra que aprendió la escritura, el conocimiento y la sabiduría”, según señala el apócrifo Libro de los Jubileos.

De los diversos textos se desprende que la tarea de Enoc fue la de observar la conducta de la especie humana e informar sobre sus progresos. El eje principal era que los ángeles ya no se unieran a las hijas de los hombres, tal como había ocurrido. Enoc y quienes lo acompañaban -los Vigilantes- tenían asimismo orden expresa de la divinidad de no interferir en la evolución humana. Sin embargo, optaron por desafiar las directrices recibidas y entregar a la raza human toda la riqueza de su conocimiento. Así les revelaron el arte de construir ciudades, los signos del cielo para que pudieran conocer las estaciones y discernir su futuro así como los libros y la escritura. El intertestamentario Libro de Enoc sostiene, sin embargo, una visión apocalítica del porvenir, anunciando la derrota futura “de los opresores y reyes de la tierra”

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El alfabeto enoquiano

En las comunicaciones -llamadas también “acciones”- de John Dee con entidades no visibles, Enoc ocupó un lugar descollante. Fue este ángel quien lo introdujo en algunos de los arcanos de acá, de allá y del más allá, A ese fin le facilitó un sistema de magia, en extremo complicado, compuesto de cinco elementos básicos:

a) un alfabeto enoquiano de veintiuna letras.
b) diecinueve “llaves” o “llamadas” esto es, invocaciones en lenguaje enoquiano.
c) traducciones de las invocaciones
d) diversos conocimientos ocultos.
e) más de cien cuadrados de letras, compuestos hasta por dos mil cuatrocientos un caracteres, con instrucciones precisas para su uso.

El lenguaje enoquiano no constituía una jerga disparatada sino que era un verdadero idioma con gramática y sintaxis propia. Hubo quienes opinaron que se trataba de una versión del lenguaje de la desaparecida Atlántida.

Munido del valioso instrumento enoquiano, Dee y Kelly partieron para el Continente donde, durante seis años, dieron conferencias espirituales, rigurosamente registradas por Dee. Tras una confusa orden de los ángeles, transmitida por Kelly, de que ambos debían compartir sus esposas, la relación entre ambos llegó a su fin y Dee volvió a Inglaterra.

En Mortlake encontró que su su valiosa biblioteca había sido saqueada y que se hallaba casi en ruinas. Luego de un período como director del Christ`s Collage de Manchester, acabó sus días en su lar natal a finales de 1608 o comienzos de 1609.

Sus comunicaciones espirituales, y el método que empleó, permanecieron largo tiempo en el olvido. Siglos después sirvió de inspiración a rosacruces y alquimistas tanto como a magos y literatos.

[1] Hay quienes sostienen que el código 007, usado para referirse a James Bond, es una derivación del glifo de Dee.
2 En ese entonces respondía al nombre de Edward Tallvot.
3 La palabra admite distintas grafías: Enoc, Enoch o Henoch

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EL ZEN Y LA CEREMONIA DEL TE

Las expresiones artísticas quizá sean el mejor testimonio del alma de un pueblo. Allí aparecen reflejados los usos y prácticas de las gentes tanto como los senderos subjetivos. Gozos y pesares, ambiciones y derrotas, conquistas y pérdidas, glorias y fracasos presentes y pasados van dejando su huella a la par que los sucesos cotidianos, el devenir de la vida pública o las aspiraciones a futuro. Y, junto con ese macizo, o mediante sus partes, se va manifstando una visión particular del mundo. La estructura de ideas y creencias en que necesita apoyarse todo grupo humano.

La cultura japonesa no constituye la excepción a la regla de desnudar su espíritu en el arte. Antes bien, el sentido estético que la alienta se entrelaza de tal modo con su concepción del cosmos que resultan, en cierto modo, indivisibles. Por ende, el horizonte tradicional de las bellas artes –pintura, poesía, música, escultura- se vio enriquecido con el agregado de nuevos campos: la jardinería, la esgrima, la caligrafía, el tiro al blanco con arco y flecha. De ese conjunto expresivo tal vez la manifestación más conocida por los occidentales sea la ceremonia del té.

La ceremonia del té se halla estrechamente emparentada con el budismo Zen. Por consiguiente, para capturar en lo posible lo que verdaderamente acontece durante el transcurso de este ritual, no puede sino hacerse referencia, aunque sea someramente, a los fundamentos del budismo Zen.

Llegado de la India, en China el budismo, a la luz del taoísmo y la doctrina de Confucio, había visto multiplicarse las sectas que desarrollaban diferentes aspectos de las enseñanzas del Ilumunado. Entre ellas, hubo una que tomaría el nombre de Buddharidaya o “Doctrina del corazón de Buda”. Esta denominación escolástica encerraba una práctica de meditación que es, simultáneamente, una nueva percepción del universo y el logro de un estado trascendente, La disciplina que inauguró fue conocida como ch´ana que significó “ realmente una contribución única del genio chino a la historia de la cultura mental y a los japoneses se debió que se mantuviera escrupulosamente el verdadero espíritu del Zen y que se perfeccionara su técnica.”[1]

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El budismo penetró tempranamente en Japón, pero no fue sino hasta el desarrollo del feudalismo, en el siglo XII, que cobró la importancia que habría de mantener hasta la actualidad.

Desde su ingreso en el Imperio, produjo una verdadera revolución. Ante todo, le dio a Japón la unidad de creencias y sentimientos de que había carecido puesto que el shinto vernáculo no tenía un credo especial ni un clero específico. Asimismo, le proporcionó la idea de un salvador personal con la figura de los bodhisattva y la cuasi certeza de la inmortalidad individual.

 La doctrina

Los seguidores ortodoxos del Zen remontan su rigen a un episodio en la vida del Buddha histórico. Se dice que cierto día se hallaba Sakya-muni en el Monte del Buitre predicando ante una asamblea de fieles. En esa ocasión, para explicar el tema, se limitó a levantar ante sus ojos una flor dorada que le había obsequiado uno de sus discípulos laicos. Nada dijo. Permaneció en un silencio que los discípulos no osaban quebrar aunque no comprendían el gesto. Por último. el venerable Mahakasyapa le sonrió al Maestro.

El Iluminado, percibiendo que el anciano había comprendido perfectamente, dijo: “La pitaka2 del Ojo de la Verdadera Ley, que carece de nacimiento y de muerte, forma cierta de lo sin forma y gran misterio de lo que se expresa más allá de las palabras, a ti te la confío ¡oh Mahakasyapa1 Acéptala y pásala a la posteridad.”

Mahakasyapa se convirtió en el primero de una serie de veintiocho patriarcas que se fueron transmitiendo la enseñanza hasta la llegada de Bodhidharma a China. Allí se le agregó la palabra ch’ana -meditación- para señalar ciertas diferencias con otras orientaciones.

Alrededor del siglo XIII el budismo comenzó a perder en China su impulso inicial mientras que en Japón se afianzaba a través, de la secta Soto y la Rinzai, entre otras, donde la palabra ch’ana tomó la forma de zen’na

Las raíces búdicas, extendiéndose en miles de floraciones, conservaron el vigor que le prestara el Buda Sakyamuni. La fuerza y el peso de la tradición avalaron las cuatro propuestas aportadas por Bodhidharma: 1) Transmisión especial del conocimiento fuera de las Escrituras: 2) No dependencia de las palabras o la letra escrita: 3) Señalamiento directo al alma del ser humano: 4) Comprensión de nuestra naturaleza.

El propósito de estos cimientos establecidos por Bodhidharma -vigésimo octavo patriarca indio y primero de la China- se pretendía llegar a la abolición de los opuestos en el Gran Vacío. Este salto de la mente hacia un estado allende la lógica y la bipolaridad, , hubo de recibir el nombre de satori. Experiencia mística liberadora, el satori que pertenece, en rigor, al territorio de lo inefable, configura la adquisición de “un nuevo punto de vista para observar dentro de la esencia de las cosas”. Vale decir, se trata de un estado, por lo general fugaz, que ilumina al ser y la conciencia, fusionándolos en la gran unidad de todo lo creado y lo no visible.

“Un día sin trabajo es un día sin comida”, afirmaba rotundamente el maestro de Zen Hyakujo y cierta vez completó el principio al agregar: “sin trabajo no hay vida”, tras lo cual se negó a comer porque no le permitían trabajar. La afirmación de Hyakujo va en el mismo sentido que las de otros Patriarcas, tales como “la vida es la enseñanza”, “ir, estar, sentarse o recostarse constituyen la enseñanza sagrada”. Todas ellas contienen los gérmenes de aplicación a la existencia cotidiana de los ideales Zen.

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Nada importan los conceptos o la abstracción: lo que interesa es ponerse en relación directa con lo existente. La doctrina sin experiencia nada vale: es letra muerta, cuerpo exngüe. Aun cuando el Zen se valga de los koan -frases en apariencia in inteligibles- y los mondo –preguntas que requieren respuestas únicas- al momento de transmitir el conocimiento no cesa de recordar que ambos no son sino meros instrumentos para arrancar la mente de la esfera binaria en que se halla atascada. Porque el Zen no depende de lo verbal sino que señala directamente al alma mediante la práctica de los hechos. Por eso los métodos de enseñarlos pueden parecer tan excéntricos como los garrotazos que los maestros suelen descargar sobre la espalda de los discípulos. Tod vale para descorrer la hsin, el velo personal que nos oculta la Esencia. de la mente y nos impide conocer nuestra verdadera naturaleza trascendente.

La práctica del Zen procura separar la mente del neófito de su adherencia a las leyes superficiales de lo cotidiano, introduciéndola luego en la esfera de la no mente. “Vivimos en un mundo de discriminación: el satori no-discriminación, de la dualidad que se convierte en unidad, aunque siga siendo vista como doble.”3

Una anécdota Zen aclara qué significa la percepción dual unificada diciendo que, antes de la experiencia trascendental, los árboles son árboles y los ríos, ríos. Durante el tránsito de la experiencia, los árboles son ríos y los ríos, árboles. Al final, las cosas vuelven a ocupar sus lugares corrientes, siendo los árboles nuevamente árboles y los ríos, ríos. Lo que ha variado es el enfoque: se ha podido llegar a la unidad primordial, se ha podido percibir la igualdad de todo, de modo que se alcanza a reconocer la misma sustancia en cada cosa y cada ser cuando se torna a descender al mundo de los opuestos.

La incorporación de la perspectiva Zen permite continuar sosteniendo la singularidad pero siendo, a la vez, parte de cuanto rodea a la criatura humana. El sabio Shih-shuang decía: “Los cuatro elementos y los cinco agregados (que componen la personalidad) ya no se sienten como cargas; es que está tan liviano, cómodo y libre…Tu existencia misma se liberó de todas las limitaciones; te tornaste abierto, ligero y transparente. Logras una intuición iluminadora dentro de la naturaleza misma de las cosas que es el rostr original de tu ser.” Lo manifestado traspasa lo manifiesto y se torna uno con los otros “rostros originales”, esto es, con aquello que todavía no ha adquirido el rostro último.

Sabi, wab, shibumi: tres grafías para expresar la clave del Zen; pobreza, despojamiento, soledad. Desposeerse de lo superfluo para advenir a lo esencial. Soledad que no es sino una entrada a la apreciación del misterio de lo absoluto. El arte japonés habría de recoger extensamente el ideal Zen de no posesión, poniendo en acto la interacción entre lo interno y lo exterior.

Afirma Laurence Binyon, que en el Zen “todo el énfasis recae en la vida interior y la comunicación de las ideas se reduce a sus formas más simples y desnudas. La magia verbal de los haiku, la pintura sumiye la asimetría de los jardines casi vacíos, la decoración de las casas, la elegancia de la vestimenta, el “camino de las flores” del ikebana traducen los ideales Zen y los completan con su belleza.

Por la aguda profundidad que encierra su sencillez, la ceremonia del té reviste particular atracción y significado entre las múltiples formas de aplicación del Zen.

La puesta en acto

El maestro Hisamatu Shib’ ichi hizo elevar a siete los caracteres del arte Zen. Estos son: asimetría, simplicidad, austeridad, sutileza, libertad absoluta, serenidad y naturalidad. Ninguno de ellos está ausente en la ceremonia del té. Allí una flor silvestre en un vaso, una pintura, el ruido del agua que hierve o el té deslizándose en las tazas cobranuna hondura reveladora. Bada debe interferir en esta “adoración de la belleza en los actos cotidianos”, como la define Okakuro Kakuzo. Y así debe ser porque lo que se procura valorar no son los conceptos, símbolos o representaciones sino los hechos mismos de la experiencia.

Todo el aparato que rodea al simple hecho de beber té en compañía habla del gusto por la regulación de los actos que los japoneses heredaron de los chinos. No obstante, su valor no se limita a revivir un gesto codificado desde centurias atrás. Por el contrario, apunta a aprehender la instantaneidad del presente, a borrar las diferencias del ayer, hoy y mañana que erige la razón dualista. El objetivo El objetivo es lograr que la conciencia repose en la no-mente de un aquí y ahora perpetuo.

La secuencia de la ceremonia, aunque pre-ordenada, deja lugar a la sugestión. Si así no fuese, no habría libertad, no habría misterio a develar y la mente no lograría sortear los condicionamientos espacio-temporales. En cambio, lo que se busca con la materialización de la ceremonia concreta es que desaparezca precisamente toda barrera y la mente pueda descansar en el vacío de la pura abstracción.

A través de los ademanes medidos y el manipuleo sereno de los objetos, el celebrante logra que se vayan diluyendo los tres fuegos del odio ,la lujuria y la ilusión. Así, cumpliendo exacta y ordenadamente los distintos pasos de ese ritual privado, pacífico y solidario, tal vez la mente logre finalmente captar el estado en que se diluyen las coordenadas de las antítesis. Habrá nacido entonces la conciencia Zen en que “no hay ni yo ni otro” porque cuando se encuentra “la identificación directa sólo podemos decir no-dos”4

Y si acaso los que celebran una ceremonia del té mo alcanzan a llegar al punto de adquirir la iluminación, siempre encontrarán consuelo al pensar que ya es algo “hallar en este mundo de luchas y vanidades, un rincón, por más humilde que sea, donde podemos elevarnos por encima de los límites de la relatividad e incluso tener un vislumbre de la eternidad.”

REFERENCIAS:

1 DAISETZ TEITARO SUZUKI. Introducción al budismo Zen. Buenos aires, 1978. Las citas,sigientes, salvo afirmación en contrario, pertenecen a esta obra.
2 La pitaka es la recopilaciónde las Escrituras budistas.
3 XHRISTMAS HUMPREY. El budismo Zen. Buenos Aires, 1982
4 Estas palabras son de un gatha budista.

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TEMPLARIOS: SIETE SIGLOS DESPUÉS

La historia de los templarios es un complejo entramado de mentiras, tremendas ambiciones personales, falsas acusaciones y, sin lugar a dudas, de búsquedas espirituales. Todo empezó en 1118 o 1119. Tras la Primera Cruzada, nueve caballeros franceses, liderados por Hugo de Payens, fundan la Orden del Temple. Así desde el inicio mismo, la Orden muestra, y a la vez oculta, un plano de misterio, ya que el nueve. según los pitagóricos, es el alfa y el omega, la cifra del hombre, del ser caído, pero también del logro supremo.
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San Bernardo de Claraval le dio el respaldo de su prestigio, que era enorme –al punto que lo llamaban el segundo Papa- a esta orden cuya regla era similar a la de los agustinos. Estos monjes-guerreros, que pelearon con Ricardo Corazón de León, mantenían los caminos limpios de malhechores y asaltantes. Los peregrinos a Tierra Santa, agradecidos, les ofrecían numerosas donaciones. Más tarde les confiaron en guarda sus bienes. A diferencia de las órdenes mendicantes, los templarios terminaron por manejar grandes sumas de dinero. De esta manera se fueron convirtiendo en una suerte de banca que con frecuencia prestaba sus ganancias, incluso a la Iglesia, a intereses relativamente módicos.
Asimismo, emplearon sus riquezas en construir un rosario de castillos y catedrales, estratégicamente ubicadas a lo largo de Portugal, España, Francia, Inglaterra, Alemania, Hungría.

1. Las intrigas

Al ascender al trono Felipe IV se encontró con un tesoro exhausto. Normandía se negaba a pagar el tributo que le habían impuesto y, por otra parte, su país tenía grandes deudas con los templarios adquiridas, entre otros motivos, por el préstamo que su abuelo Luis IX solicitó para pagar su rescate tras ser capturado en la Séptima Cruzada. Asimismo, invertía enormes sumas en su deseo de un Estado fuerte, con el rey concentrando todo el poder
La mirada codiciosa de Felipe “el Hermoso” hubo de posarse entonces sobre estos intrépidos caballeros. Varios factores contribuyeron a que atrajeran la atención real. Se negaron a contribuir al rescate de san Luis, se declararon a favor de Aragón contra la casa de Anjou y se jactaban de haber destronado a Enrique II a la par de recordarle a su sucesor:: “Seréis rey mientras seáis justo.”
La muerte de Bonifacio VIII le permitió a Felipe incidir para que se eligieran papas franceses; primero Benedicto XI y luego Clemente V. La influencia y el poder del monarca, unido a la personalidad maleable de Clemente, hizo que éste obedeciera la orden de retirarse con su corte a Aviñón donde permaneció virtualmente prisionero.

Los viajes a Tierra Santa y las prolongadas estadías en esos territorios permitieron que los templarios se pusieran en contacto con las culturas del Cercano Oriente. Su acervo simbólico, de por sí extenso, se vio enriquecido con los aportes de las cosmovisiones no cristianas. Su contacto con los ismaelitas, su lento abandono de las prácticas guerreras por sendas más espirituales llenaron de sospechas la mente de los poderes constituidos -sin olvidar, por supuesto, la rivalidad que despertaba su manejo inédito del dinero.
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Por otra parte, la Iglesia comenzaba a obsesionarse con la figura del Diablo. Pronto corrieron los rumores de que los templarios realizaban extraños rituales de magia, que siempre se aparecía un gato en sus asambleas, que veneraban a ídolos de tres caras y que adoraban a una figura que les proporcionaba grandes riquezas y que se denominaba Bafomet.

En su momento, Clemente presionó para que el Gran Maestre Jacques de Molay aceptara el proyecto de fusión de las órdenes militares bajo un único rey soltero o viudo (Proyecto Rex Bellator, impulsado por el gran sabio Ramón Llull), La negativa del templario, junto con las acusaciones que circulaban, presagiaba un destino aciago para la Orden.
Felipe, aprovechándose de la debilidad del Sumo Pontífice, se apresuró a transmitirle a Clemente los rumores que corrían sobre las actividades secretas de los templarios. Y, junto con los rumores, llegó el pedido de iniciar una inquisición contra el Temple. Sin embargo, antes de que comenzara el proceso, Felipe, aconsejado por su ministro, Guillermo de Nogaret, dio orden de arrestar a todos los templarios.
“El 12 de octubre de 1307, a la salida de los funerales de la condesa de Valois, Jacques de Moley, gran Maestre de la Orden, junto con su séquito, fueron apresados y encarcelados, al tiempo que se ponía el sello real en sus bienes, so pretexto de la inquisición.
Felipe acusó a los templarios de varios delitos, entre otros, negar a Cristo y escupir sobre la cruz, practicar magia negra, estar en contacto con los musulmanes, adorar a un ídolo llamado bafomet al que le besaban el trasero, y practicar la sodomía y la homosexualidad.
Monjes y prelados de probada fidelidad al rey convencieron a Clemente de que debían ser juzgados por la Inquisición El tribunal eclesiástico recurrió a la tortura para obtener las declaraciones que probaran la culpabilidad de los templarios: se les arrancaron los dientes, se les colgaron grandes pesos en los genitales, no les daban de comer, se los suspendía durante largo tiempo de las muñecas, se los mantenía con fuego bajo los pies. Varios murieron, otros se suicidaron y una gran cantidad se confesó culpable. Estas confesiones quebraron la frágil resistencia que oponía Clemente para ordenar un proceso contra la Orden en todo el mundo. Mediante la bula Faces misericordiam de agosto de 1308, ordenó formar comisiones presididas por el obispo y seis monjes para efectuar las investigaciones. Mientras el escándalo cundía en toda Francia, sin esperar el resultado de los procesos, los templarios fueron llevados a la hoguera.

La Orden fue abolida en 1312, junto con el reparto de sus bienes. Por la bula Ad providam Clemente V se los otorgó a los caballeros de San Juan de Jerusalén: sin embargo, Felipe también obtuvo importantes beneficios: no sólo no devolvió el dinero que le debía al Temple alegando que los cánones prohibían pagar deudas a los herejes sino que se presentó como acreedor de grandes sumas que hubieron de pagarle los sanjuanistas.”
Digamos, de paso, que el insaciable Felipe el Hermoso confiscó asimismo los bienes de los judíos a quienes expulsó de sus dominios en un número cercano a las cien mil personas.
En cuanto a los cuatro máximos dirigentes, con Jacques de Molay a la cabeza luego de ser tomados prisioneros fueron sometidos, como los demás, a torturas innumerables. El Gran Maestre se confesó culpable de los cargos que le imputaban. La lectura de la sentencia fue llevada a cabo delante de la catedral Notre Dame de París en marzo de 1314.
A pesar de que se prometía sólo la cárcel a perpetuidad a quienes se declararan culpables o arrepentidos, el veredicto final fue sentenciarlo a la hoguera.

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Ante los delegados pontificios que leían la lista de sus crímenes, de Molay recuperó el coraje e interrumpió a los delegados pontificios que leían la lista de sus crímenes para exclamar: “¡Nos consideramos culpables, pero no de los delitos que se nos imputan, sino de nuestra cobardía al haber cometido la infamia de traicionar al Temple por salvar nuestras miserables vidas!” Ese mismo día, de la Candelaria, 18 de marzo de 11314, se alzó al atardecer una enorme pira en la Isla de los Judíos.
Atado a la estaca y poco antes de ser consumido por las llamas de Molay lanzó esta maldición: ‘Dios sabe que se nos ha traído al umbral de la muerte con gran injusticia. No tardará en venir una inmensa calamidad para aquellos que nos han condenado sin respetar la auténtica justicia. Dios se encargará de tomar represalias por nuestra muerte. Yo pereceré con esta seguridad.’ Antes que transcurriera un año se cumplió la profecía con la muerte de Felipe IV y Clemente V. “

Los templarios nunca desaparecieron por completo sino que continuaron reuniéndose en la clandestinidad para explorar nuevas y viejas sendas espirituales. Seguros y poderosos, tal como la semilla duerme en la tierra hasta volver a germinar, los templarios volvieron a surgir de la oscuridad en un inédito florecimiento.
Ante su creciente influencia, la Iglesia, mediante ese juego fascinante y terrible, pero nada ingenuo, entre la memoria y el olvido, la Iglesia ha vuelto sobre sus pasos. . Si bien no reconoce su propia responsabilidad, en los juicios llevados a cabo siete siglos atrás, al menos reivindica a los templarios y sus prácticas e ideas sosteniendo que no constituían una herejía.
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Mediante los responsables del Archivo Vaticano, la Iglesia publica el 25 de octubre de 2007 el documento Processus contra Templarios que establece, entre otros puntos, que el papa Clemente V no estaba convencido de la culpabilidad de la orden, que ésta nunca fue condenada sino disuelta, que el papa no consideraba que los templarios fueran herejes, que Jacques de Molay y el resto de los templarios arrestados, fueron absueltos por el Santo Padre luego de ser ajusticiados o quemados vivos y que, en definitiva, el proceso y martirio de templarios fue un “sacrificio” para evitar un cisma en la Iglesia católica, que no compartía las acusaciones del Rey de Francia, y muy especialmente. de la Iglesia francesa.
¿ Habrá entonces alguna esperanza de que llegue el momento histórico en que la Iglesia reconozca otras graves equivocaciones, especialmente la terrible y despiadada persecución efectuada durante siglos contra el género mujer en la persona de las mal llamadas brujas ?

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4 comentarios en “Ayer y hoy. Prostitución

  1. Michas gracias Leonor Calvera por esta clase de artículos. Espero que continúes con el tema, especialmente con los acontecimientos históricos hasta llegar a nuestros días.

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