12 – SEBASTIÁN JORGI

Una vieja carta íntima que nunca fue enviada a Luisa Mercedes Levinson

Querida Lisa:

Esta carta surge como una necesidad interior y de alguna forma, anterior: hace mucho tiempo que pienso en vos, Lisa. Pero voy a ser honesto: estas líneas se vieron aceleradas por un llamado reciente que recibí de Laura Nicastro, preocupada por el silencio caprichoso que ha rodeado a tu obra. Quizá no sea muy diferente o menos caprichoso que otros silencios acontecidos en torno de importantes escritores. Borges insistía en querer el olvido a toda costa, pero nos trampeó: se quedó ciego, andaba ayudado por su bastón y decía cosas absurdas que llamaban la atención del periodismo y fue noticia y sigue siéndolo. Vos sólo te atrevías a cantarnos un tango de vez en cuando o invitarnos a ver la representación bailada de La isla de los organilleros. Cuando no, íbamos todos los 5 de enero a la invitación tácita a tu casa de 11 de Septiembre, de Belgrano, para los que conocemos el tema, La casa de los Felipes. Ahí aparecían Juan Carlos Ghiano, Bernardo Ezequiel Koremblit – quien muchas veces te presentó con sus geniales humoradas –, Rubén Vela y su hija Alejandra, Ulises Petit de Murat – eternamente enojado con Homero Manzi porque se había hecho justicialista –, Gudiño, Juan José de Urquiza y mucha gente del Pen Club. Uno de los 5 de enero inolvidables fue el de 1982, cuando Delfín Leocadio Garasa presentó su libro Úrsula y el ahorcado, en la librería de la vuelta.

libro luisa

Y las tertulias literarias que organizabas en tu casa, entre búhos y gatos, cómo no recordarlas: venían Christian Wildner, Perla Chirom, Leonor Calvera, Mildred Burton, Ramona y yo. Leíamos mientras Rubencito se entretenía jugando con el gato a través del vitral que daba al jardín. Me mandabas a la bodega del sótano a buscar el vino y más de una vez, aún con la ayuda de Willy, trastabillábamos en la escalerita. Alguno de tus personajes – seguramente – la movía. Cuánto aliento nos dabas con tus consejos, cuántas anécdotas preciosas nos contabas. Como la confección de La hermana de Eloísa, cuento que escribiste en colaboración con Borges.

Cuando me leías los originales de El último Zelofonte, noté una escritura a mano encima de la dactilográfica y otra encima de la primera corrección a mano. ¿Te acordás de la presentación en Sudamericana del Zelofonte? Ahí estaban Ernesto Schóo, María Chimondeguy, Gudiño, Enrique Pezzoni – como siempre colgando de un cigarrillo –, Gloria y Emilio rodrigué, Arturo Infante, entre otros que me es imposible ahora recordar. No me voy a olvidar nunca de cuando te leí mis cuentos  La deserción y de cómo nos divertimos al leer Quasimodo, entre porciones de queso y vino. Siempre me alentaste a seguir, y todos – lo sé – sentíamos ese hálito como una bendición constante. Ah… ¿recibiste la carta de César Magrini? Y te habrás enterado del homenaje que te hicimos  en la Feria con Perla, Laura, Delfín y Leonor, a poco de tu partida y de una emotiva recordación en Centoira con Rubén y todos tus amigos: ahí escuchamos tu voz.

En otra oportunidad, en la cortada De Las Arges, perpendicular a Arenales, bromeábamos con Diego Borrachín (el autor de Ariadna en la ciudad) y si la memoria no me falla, fue esa una de las presentaciones de A la sombra del búho, el libro favorito de Ramona. A propósito, esta obra desencadenó el Premio de las Palmas Académicas del Gobierno de Francia, acto imposible de olvidar, realizado en el Club Francés, donde recuerdo la presencia de Juan Cicco y de Enrique Anderson Imbert. Estaba también Claude Demarigny – he buscado a su hija para entregarle mi nota sobre Cajamarca, infructuosamente – y Aldo Gagliannonne. Hay una foto de los tres que publicó en El Sol de Quilmes: vos, Claude y Aldo. Ahora, mientras escribo esto relacionado con Francia, me viene a la memoria cuando me leíste poemas de Robert Sabatier, qué diablos, qué asombro. Y cómo nos asombramos aquella noche leyendo un fragmento de Borrasca en las Celpsidras de Laura del Castillo.

Estoy tratando de memorizar el momento primero de nuestro encuentro y se me ocurre que fue en una disertación de Enrique Anderson Imbert en el Aula de la Tertulia Hispanoamericana, en Paraná 1159, presentado por José Carlos Gallardo y por Rubén. Recuerdo que en primera fila estabas sentada con Tomás Alva Negri, cuentista de insoslayables calidades. Bueno, no… no soy reaccionario… ya sé… ya sé… los jóvenes deben tener su lugar en las letras argentinas, pero diablos, que no tengan demasiado porque sino nosotros…

foto luisa

Pero hay buenas noticias, después de todo: Laura Nicastro ha publicado tres libros más, igual que Perlita Chirom. Delfín Leocadio Garasa publicó Rumbos y encrucijadas y sigue dando conferencias muy valiosas y valientes. Además, ha viajado a Rusia, Estados Unidos e Israel y se lo ve tirando manteca al techo en Punta del Este con sus ex alumnos. ¿Cuántos grandes como Delfín nos quedan, Lisa? ¿Cuántos tipos generosos como Rubén Vela, el poeta argentino reconocido en el orbe? Tengo también noticias no muy agradables: Carlos Alberto Débole también ha partido y ha dejado huérfano a más de uno. Yo no podría ser uno de esos “unos”, a no ser que mi dolor ya se había acostumbrado cuando vos partiste. Ahí estaban Isidoro, lacrimoso; Héctor Lastra y tu hija Petinina, Gudiño… son imágenes que guarda mi  retina en aquel terrible momento. ¿Sabés qué hice cuando regresamos de Recoleta? Me tomé el 102 en la puerta de la SADE y me bajé en Avenida de Mayo y San José, justo en la esquina donde habías nacido. Y pasado – como siempre – el recuerdo urgente y obligado, de las manifestaciones rituales, todo se volvió silencio.

He vuelto a la esquina de 11 de Septiembre y Teodoro García a contemplar La casa de los Felipes y he tratado de hurgar en ella a través de un empecinado sueño. Pero me he quedado quietito ahí, sin tocar timbre. ¿Qué le iba a decir a Willy? Es que no tengo la verba y la gracia poética de Magrini para urdir una justificación. ¿Yo? Como siempre, corriendo de una editorial a la otra con Eliot Ness u otro original, haciendo alguna notita y escribiendo… no, no me ha ido tan mal, mirá: el año pasado estuve en Puerto Rico dando unas conferencias sobre escritores argentinos y por supuesto, hablé de vos, de María de Villarino, Jorgelina Loubet, Syria, entre otras. Ah… cuando estuve en el Colegio Universitario de Ponce, hacía quince días que Petitina (Luisa Valenzuela para los lectores) había estado allí dando una conferencia, en el mismo estrado que yo. No te imaginás, Lisa. Claro, Petitina sigue dando la vuelta al mundo con sus libros, de Australia a la casita de Méjico, de Nueva York a Miami y a Puerto Rico o a Cuba. Bueno, de tanto en vez hablo con Eva por teléfono, te extraña mucho más que nosotros, porque ella se ha quedado ayudándolo a Willy y todas tus cosas están ahí… Myten, la traducción sueca de tus cuentos), los cuadros, los libros, los gatitos, los búhos…

Petitina ha publicado Novela negra con argentinos y casi se alza con el Premio Plaza Janés, en fin, fue finalista que no es poco. ¿Sabés de quién me estaba olvidando? De Rayo Mosquera Eastman. Una tarde le estaba leyendo un cuento y me detuvo. Él estaba sentado en un sillón mullido de su casa de la calle Sáenz peña. “No me leas el final, muchacho”, me dijo. Un par de días después lo visité en la oficina que él tenía en Avenida de Mayo y San José. Ante mi estupor me contó el final que yo había escrito y un par de razones para que fuese de esa manera y no de otra. ¡Qué poeta Rayo, eh” ste Valoraba tu obra, sobre todo La pálida rosa de Soho, según me confesó aquella noche del 5 de enero de 1982. Otro libro que te había causado asombro era Manuel de Historia de Marco Denevi. Me lo presentaste por teléfono en aquella ocasión, en que me atreví a esbozar una bibliográfica sobre el Manuel. Últimamente se me ha dado por releer y para esto me he propuesto un seleccionado de once (como en el fútbol): Dostoievski al arco, Hesse-Mann-Mauriac y Simón en la línea de cuatro, Lagerkivst y James en el medio, Mailer, Mallea, Pratolini y Pavese. El DT no puede ser otro que el Toto Lorenzo. El equipo suplente te lo diré en la próxima carta. Obviamente, no podés estar en un team de hombres, pero se me ocurre que habría que hacer un Top del Recuerdo Literario, por lo menos, para ver si alguien se acuerda de algunas obras de escritoras y escritores argentinos. Y en este Top estará prohibido votar por los escritores charlatanes, tanto “defensores” de la libertad como “democráticos”. Que sean votados por lo que escribieron. ¿Qué te parece, Lisa? Nada de trampas. Pongamos por caso a don Eduardo Mallea, que sufre perpetua en la bahía del silencio. Menos mal que Bioy va obteniendo algunos premios, gracias a la prudencia de Borges de tomarse las de Villadiego. Porque a decir verdad, El sueño de los héroes ya merecía reconocimientos anteriores. Ah… conseguí un ejemplar de Leoplán con un cuento firmado por Lisa Lenson (vos) y ahora trato de hallar Concierto en mí, aunque tengo la esperanza que sea publicado en el segundo tomo de tus obras completas que ha encarado Manuel Pampín. Con Leonor Calvera habíamos mentado en hacer una fundación o algo por el estilo con tu nombre, pero hay tantas fundaciones que… en fin, ahora Leonor ha formado un lindo grupo que se llama Némesis, acompañada por Antonio Las Heras, casi 30 años después de tu partida, con un interesante Blog, donde se le da oportunidad de expresión a poetas, narradores y ensayistas.

Pensamos que lo mejor es recordarte más seguido, enviarte alguna carta y que vos nos sigas escribiendo como hasta ahora. Porque cada día escribís mejor, Lisa.

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