ÉL

Lo encontré imprevistamente. Al dar vuelta una esquina me vi, de pronto, frente a él. Tenía un rostro singular. No podría decir, exactamente, si era joven o viejo, bello o feo. Lo más probable es que fuese ambas cosas a la vez. Me sonrió y con ademán que podía traducirse en invitación o disculpa, ofreció acompañarme. Vacilé un momento sin decir nada y mi silencio fue el tácito consentir que hizo de él, y desde aquel día, un compañero casi permanente.
Aparecía de improviso en el momento inesperado o cuando algún problema me urgía. Entonces, con un gesto o simplemente una mirada, me indicaba todo cuanto debía hacer.
Así, sin proponérmelo, fui solucionando mis pequeñas o más grandes contrariedades.
Mi vida fue cambiando, casi inadvertidamente, de sentido y orientación.
Al principio sus sugerencias fueron sutiles pero, poco a poco, se tornaron en imposiciones hasta que un día me encontré, de su mano, recorriendo un sub-mundo insospechado.
Me adentré en regiones que jamás pensé pudiesen existir y fui partícipe de los conciliábulos que allí se celebraban. Para entonces, mi curiosidad obsesiva fue exigiendo de él todo cuanto le fuese posible hacerme conocer.
Pero los caminos fueron repitiéndose y lo que al principio sentí como hastío se convirtió en un sentimiento de culpa y repulsión hasta que me di cuenta de lo poco que restaba de mí misma, adueñado como estaba de mi vida.
Le pedí entonces que me abandonase. Como única respuesta su índice inflexible me señaló el destino obligado. Quise huir, pero su presencia se filtraba por cualquier intersticio y aunque no la viese, sabía que me acechaba. Muchas noches lo sorprendí de pie, junto a mi cama, escudriñando mis sueños.
Finalmente comprendí que él solo deseaba mi muerte y pensando que únicamente a través de ella podría liberarme, decidí morir, Y así lo hice.

Ahora, en la Tiniebla, definitivamente le pertenezco.

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