EN EL MUNDO DE LOS ESPEJOS

Los espejos, “ testigo mudo, confidente helado” , que cantó el poeta
son tan antiguos como la capacidad creadora de los seres humanos. Desde épocas remotas se hace mención de los espejos y en todas las civilizaciones han sido descriptos, definidos. celebrados o temidos con gran detalle e interés.
Fueron muchos los que han escrito infinitos elogios sobre los espejos con deliciosa elocuencia , y han constituido elementos de gran valor en la literatura, la pintura, la decoración y las artes aplicadas.
No faltaron, sin embargo , quienes creyeron ver en los espejos un símbolo del relajamiento moral , de la corrupción, del desenfreno y quizás haya sido Séneca, austero , casto, censor implacable y simultáneamente usurero y prevaricador, quien denunciara con mayor indignación y perseverante acritud el peligro que representan los espejos para las virtudes del “hombre de bien”.
El primer espejo le fué ofrecido a los seres humanos por la misma naturaleza. El agua cristalina permite, sobre un fondo sombrío, dialogar con la propia imagen. Así se origina el mito de Narciso , que Ovidio expresara en versos inmortales, con un vuelo inspiradísimo que tanta repercusión habría de alcanzar en la poesía renacentista.
Además de relacionarse con el agua, los espejos se relacionan con la Luna y con la plata. Los espejos , asimismo, están relacionados con las diosas lunares, y tanto los espejos como la plata forman parte de sus atributos y sus emblemas.
Una de las diosas que se sirvieron de un espejo fué la egipcia Isis. En la leyenda , Osiris, hermano-esposo de Isis, fué despedazado por Seth y sus fragmentos esparcidos por el mundo. Gracias a la ayuda de su espejo, Isis localizará los pedazos de Osiris para poder recomponerlo . Ese espejo se encontraba en la barca lunar de Isis y en él quedó impreso el Ojo de Horus, signo de videncia, de espiritualidad y de poderes ocultos .
El más antigüo de los espejos que ha llegado hasta nuestros días data del siglo XX a.C. y se conserva actualmente en el Museo de El Cairo.
Desde el principio, los espejos aparecen enmarcados con una cierta fantasía: los seres humanos, vanidosos al fin, pretenden reflejar su imagen y sus cuerpos en una superficie ornamentada con un marco más o menos artístico.

Los egipcios y los hebreos parecen haber estado entre los primeros en fabricar espejos. En Grecia, ya los textos de Platón, Aristófanes y Eurípides los nombran como objetos muy corrientes y, en lo que se refiere a la Roma Antigüa, los espejos se encuentran entre el material inevitable del fenomenal arte de tocador.
Séneca escribió con verdadera vehemencia contra los espejos, especialmente frente a los de gran tamaño en los cuales se podía ver el cuerpo entero reflejado , y que resultaban tan caros , según él , como levantar un ejército en armas. Parece ser cierto que particularmente en Roma y en Pompeya , se abusó de los espejos como elemento de decoración de los burdeles , y es posible que esa circunstancia explique la diatriba de Séneca contra estos objetos.
Es muy probable por lo menos así lo sostiene Lucrecio- que los primeros espejos estuvieran hechos en bronce y en estaño, especialmente en este último metal que debidamente pulimentado reflejaba con bastante detalle la imagen . También se hicieron en oro, en plata y en cobre; el ya citado Séneca menciona espejos circulares de “ una materia frágil y sin valor” , que bien podría haber sido el vidrio . Esos espejos fueron muy pronto sustituídos por el acero pulido , que si bien ofrecían una imagen más nítida , tenían el inconveniente que se oxidaban con mucha rapidez.
Los romanos también usaron los espejos negros de obsidiana. Así lo afirma Plinio respecto de aquella procedente de Etiopía, y se empleaban particularmente para adosarse a las paredes.
“La imagen que reflejan estos espejos -dice Plinio- parece una sombra en la cual se ven los rasgos del cuerpo , pero nó los colores: es una representación más bien oscura del cuerpo” .

La Edad Media continuó la elaboración de espejos en metal, también en oro y en plata, con el dorso esmaltado y los espejos pequeños estaban insertados en un mango de marfil. Los espejos manuales se llevaban con una cadena suntuosa que muchas veces pendían del cuello.
Hasta el siglo XVI los espejos eran objetos de gran lujo . Muchas veces fueron considerados como “el símbolo de la vanidad” y otras como “objetos de lujuria y carnalidad ” .
Los museos y los coleccionistas guardan algunos espejos de aquella época que son de una riqueza y fastuosidad extraordinarios. Algunos estaban trabajados en ágata y rodeados de una diadema de rubíes.

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También eran habituales los espejos de plata , aunque eran más sobrios. Los espejos de acero pulido estaban bastante extendidos y algunos eran adornados con piedras preciosas y perlas engarzadas. Los de cobre, estaño o bronce quedaban reservados para las gentes sencillas, los simples burgueses.
En lo que se refiere a los espejos de cristal -además de la imprecisa alusión de Séneca- son asimismo de muy vieja data. Según el químico francés Marcelin Berthelot, que fué el primer estudioso de los espejos de cristal encontrados en las ruinas de Tracia y cuya fecha de fabricación se remonta al siglo III , todos los espejos de aquella época eran convexos y se construían fundiendo plomo en una esfera de delgadísimo vidrio cuyo espesor tenía que ser mínimo para resistir las altas temperaturas necesarias para la fundición del metal. Los análisis realizados por Berthelot sobre los restos de aquellos antiquísimos espejos no han revelado la presencia de otros metales , además del plomo.
Este procedimiento de manufactura de los espejos de cristal se mantuvo durante muchos siglos y los autores de la Edad Media describen la fabricación de los mismos según esa misma técnica; técnica que quizás pudo haber variado en algunos detalles al pasar de su punto de origen a los diversos estados europeos , tal como parece haber ocurrido en Florencia, donde los espejos se construían extendiendo plomo fundido sobre una superficie de cristal recalentado. El exacto procedimiento de fabricación sólo es conocido de manera segura desde el siglo XIII . Estos espejos eran de cristal de roca doblados sobre una placa de plomo y, más tarde, de plata .
En España existían los espejos de cristal desde el siglo XIV . Los espejos de alinde, los espejos de tocador que agrandaban las facciones y servían para alindarse -para embellecerse- aparecen ya en el “Corbacho” , del arcipreste de Talavera: “El espejo de alinde para apurar el rostro, la saliva ayuna con el paño para alindar ” Luego, en la “Celestina”, resurgen los ojos de alinde, “que ven mayor”, por alusión figurada de la idea del espejo de aumento.
En el siglo XV el cristal de roca fue muy usado para la fabricación de espejos. El rey Francisco I de Francia tenía una verdadera debilidad por los espejos, y con su espectacular fastuosidad adquirió gran número de ellos, de las más variadas formas y con los más grandes derroches ornamentales.

En el siglo XVI apareció el vidrio imitando al cristal, que fué el primer vidrio cristalino que vió la luz en la secreta y magnífica Venecia. Es precisamente en Venecia donde los espejos se desarrollaron en su forma más perfecta. Los venecianos, que se habían aislado en Murano -quizás, entre otras razones, para asegurar el secreto de sus técnicas – perfeccionaron de manera sustancial la construcción de espejos.
Ante todo, aportaron la innovación del vidrio, el famoso “vidrio cristalino de Venecia”; en segundo lugar , bien pudiera ser que adoptaran por primera vez el uso del estaño en la fabricación de espejos. También crearon el sistema para obtener las placas de vidrio planas de óptima calidad. Finalmente, es probable que también hayan sido los venecianos quienes introdujeron una notable mejora en el pulido de las superficies de vidrio. Venecia, por tanto , representa un momento crucial en la historia de los espejos.
Y tal vez tuviera razón Henri Focillon cuando, poéticamente, aseguraba que Venecia era por su situación una ciudad privilegiada porque tenía una experiencia cotidiana y constante de imágenes reflejadas en el espejo de sus aguas…
Pero el secreto de la fabricación del “cristalino” pudo conservarse pocos años. Bien pronto en Francia se imitaron estos espejos venecianos y también empezaron a fabricarse en Alemania y en Flandes. Sin embargo, el gran prestigio de los constructores de los espejos venecianos se mantuvo intacto hasta la segunda mitad del siglo XVII. Hasta principios de esta centuria la forma de los espejos fué muy variada los espejos pequeños, de mano, solían ser ovalados o redondos, casi nunca cuadrados. Estaban ligados a una cadena o a una lazada , y se llevaban en la cintura.
Los espejos de tocador eran muy semejantes a los manuales, aunque de mucho mayor tamaño, y generalmente los sostenían pacientes criados durante el tiempo que duraba el laborioso y lento proceso de “embellecimiento” de los miembros de la nobleza.
Muchos de aquellos espejos estaban rodeados de madera recubierta de terciopelo y enriquecidos con suntuosos bordados. Algunos -los metálicos- podían cerrarse como ventanales en forma de tríptico para evitar su oxidación. En otras ocasiones, se cubrían los espejos, por este mismo motivo, con vistosas cortinas de tafetas.
Asimismo, cabe señalar la importancia de la utilización de los espejos para la decoración de interiores. El célebre Gabinete de los Espejos que la italiana Catalina de Médicis hizo montar en su palacio constaba de ciento diecinueve espejos venecianos de una riqueza y un precio extraordinarios.
Se cuenta que la condesa de Fiesque vendió parte de sus tierras para comprarse un rico espejo veneciano ornado de zafiros.
Así, Venecia fue, hasta mediados del siglo XVII, el centro productor más importante de Europa, no solamente por la depurada técnica de sus artesanos sino también por el prestigio y la valía de los artistas italianos que supieron crear bellísimos marcos , auténticas obras de arte nacidas de una refinada sensibilidad .
Y fué precisamente por esa producción de espejos grandes que Venecia tuvo en el siglo XVII uno de sus más saneados ingresos a través de la industria de los espejos. Perdido el gran comercio de especias, la exportación de esos preciosos objetos se convirtió en una de las bases de la riqueza de esa estupenda y misteriosa república.
Ya entrado el siglo XVIII, el arquitecto francés Robert de Cotte inaugura la moda de aplicar espejos encima de las chimeneas, en el lugar que tradicionalmente se reservaba a las esculturas o las obras pictóricas.
Superadas las dificultades técnicas que suponían la construcción de espejos de gran tamaño, comienzan a multiplicarse las galerías y gabinetes de espejos. La Galería de Versalles es el modelo que inspira casi todo el siglo XVIII.
Esta influencia se muestra bien claramente en la Galería de Carlos XI, en Estocolmo, en la Residencia de Stuttgart, en la de Amalienborg. Y es sólo excepcionalmente que se rompen aquellos cánones , como sucedió con la curiosísima Sala de los Espejos del castillo de l’Hermitage de Beirut. Así, los espejos entran de manera definitiva en la decoración de interiores .
En el siglo XVII y en el momento de las ”preciosas”, que tan duramente fueron fustigadas, denostadas y caricaturizadas `por Molière, hubo una verdadera pasión por los espejos .
Durante un siglo tan libertino y pródigo como fué el siglo XVIII , los espejos se convirtieron en objetos indispensables de la vida cotidiana y aparecen habitualmente en toda la literatura y en la pintura galante. Sirvieron , asimismo , para la más eficaz literatura moralista.

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Capítulo aparte merece el misterioso mundo de los espejos; un mundo oculto poblado de secretos. Fascinantes páginas se han escrito sobre ellos: constituyen un enigma que obsesionó a muchos espíritus. En un espejo chino que está en el Museo de Hanoi puede leerse la siguiente inscripción: “ como el sol, como la Luna, como el Agua, como el Oro, soy claro y brillante y reflejo lo que hay en tu corazón”.
Quizás por ello hay quienes siguen dejándose hechizar por sus destellos y los consideran como un símbolo de la psique por su poder para reflejar el lado tenebroso del alma. Símbolo mágico de la memoria inconsciente, los espejos reproducen el Universo y sus misterios como si fueran un prodigio donde la ilusión y la realidad se entremezclan.

En los últimos años de su vida, una de las mujeres más bellas de la historia, la emperatriz Isabel de Austria, esposa de Francisco José, madre del archiduque Rodolfo, el de Mayerling, cuando se miraba frente a un espejo -algo que hacía lo menos posible- aparecía en él un pesado cortinón escarlata que una mano blanca, casi transparente, apartaba lentamente para que Su Majestad pudiese contemplar su fragil belleza y las sensuales ondas de su cabellera. En el fondo del espejo había un jardín amarillo y azul por el que paseaban gentes desconocidas que paraban un momento y le dirigían miradas indescifrables, entre tristes y reverentes.
Existen otros espejos misteriosos, como aquel que al romperse mientras se miraba una dama veneciana dibujó en su rostro la indeleble cicatriz de coral que llevó siempre en su cutis bellísimo. O los espejos en los que la persona tocada por la herida del vampiro va dejando de reflejarse: se va convirtiendo en una imagen algodonosa y blanca que desaparece de la pulimentada superficie.
Y los espejos que revelan el porvenir, como el representado en un antigüo grabado de 1710 en el que aparece Michel de Nostradamus mientras muestra a Catalina de Médicis , reflejados en un espejo mágico, los que serían sucesivamente reyes de Francia en el futuro.
También el que mostraron a la delfina María Antonieta en Estrarburgo, y vió en él -según dicen- una extraña máquina que años más tarde inventaría un alemán llamado Tobías Schmitd en base a las filantrópicas ideas de Monsieur Guillotin.

Los espejos tienen una historia que los trasciende y que se puede condensar en un movimiento que se sitúa en dos direcciones aparentemente contrarias pero que se involucran recíprocamente. La primera es un movimiento hacia el exterior y su surgimiento como mito y la segunda dirección es de sentido inverso: el espejo que refleja un estado interior como espejo del alma, como inagen del Yo. Cada época tiene sus espejos. Es como si en la alternancia de ese doble movimiento de centramiento y descentramiento se construyera su historia.
Una historia en que los espejos comienzan a implicarse con el espacio de la mirada, la relación entre el sujeto y el objeto, la unidad o despedazamiento de la imagen del cuerpo, los modelos de conocimiento, de desconocimiento y de alienación.
Objeto precioso, misterioso compañero es el espejo. Compañero del día y de la noche que aleja las soledades en el silencio. Y tal vez Borges no disfrazó la realidad para recrearla sino que recreó los espejos que disfrazan esa irrealidad, porque los espejos sugieren un ámbito temido que abre posibilidades perturbadoras.
El tiempo oculto o explícito y los espejos no sólo reflejan la belleza sino que también son los testigos del envejecer en la lenta pero inexorable decadencia de nuestros cuerpos. Y éste es el sentido de la frase que escribe Jean Cocteau en su Orfeo: “Yo os revelo el secreto de los secretos : los espejos son las puertas a través de las cuales la Muerte va y viene. No lo digáis a nadie. Mirad toda vuestra vida en un espejo: veréis a la Muerte trabajar como las abejas en una colmena de cristal.”
El cine tradujo plásticamente esta imagen literaria presentando a la
Muerte, que conduce a Orfeo a la búsqueda de Eurídice, que llega y
se va del país de las sombras pasando a través de un espejo. Y también Orfeo pasa por un espejo para entrar en el mundo invisible.

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